Respuestas para todo

3 Jul 2009 En: Diálogos conyugales, El mío

Elena:
¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Jul?
Chango:
Ya te dije, dejé de verla cuando me dí cuenta de que quería estar con vos.
Elena:
No mientas.
Chango:
¡En serio! ¡Sabés lo que me costó! Pensá que además éramos amigos…
Elena:
Ayer me la crucé por la calle y no me podía mirar a la cara, así que seguro vos le contaste que yo ya sé todo, no te hagás el boludo, la seguís viendo.

Chango:
Hablé con ella hace un par de semanas, sí, pero para decirle eso, que no me quiero mandar más cagadas y que no podemos ser amigos. No se lo tomó muy bien.

Elena:
Mirá, si sos amante, tenés que saber que siempre vas a ser la segunda, ese no es mi problema. Bah, o casi siempre, porque me podrías haber dejado por ella, son cosas que pasan pero bueno, vos me habías dicho que habías cortado la comunicación con ella hace mucho, cuando te leí el mensaje.

Chango:
Sí, sí, eso también… Te pido que te pongas en mi lugar. Yo voy a tener que vivir toda la vida sabiendo que casi pierdo a mi mujer por pensar con el pito, mientras que vos vas a vivir con la grandeza de espíritu que significa perdonar una infidelidad. Pensá que quedás en una posición superior.

Elena:
¿Quién te dijo que te voy a perdonar? Estoy cansada de sufrir, por ahí me conviene quedarme sola.
Chango:
¿Pero vos no te das cuenta de que yo siempre te voy a venir a buscar? ¿Qué necesitás que haga para volver a quererme?

Elena:
…la verdad… no sé. Me quiero operar las lolas.
Chango:
Son perfectas así.
Elena:
No, las quiero más paradas y grandotas, así mi próximo concubino no se va atrás de la primer atorranta con talle 100 y delirios de PJ Harvey que se cruce. ¡Estúpido! ¿No ves que nadie te va a querer como yo?! ¿Sos pelotudo?

Chango:
Y… sí…

Pueblo chico

1 Jul 2009 En: Los otros

Ayer iba caminando por Marcelo T. moqueando, cagada de frío, con múltiples capas de ropa y un gorro coya para que no se me congelaran las orejas cuando me pareció ver a Jul.

Digo “me pareció”, pero es casi imposible confundirla. Jul es alta, y en vez de tetas tiene dos melones que se empecina en dejar a merced de la más cruel fuerza de gravedad, bamboleantes, apenas acariciados por corpiños chiquitos y sin aro. Tiene las piernas gordas y camina con pasos largos. Nunca se abrocha el abrigo ni se peina, aunque no sale de casa sin dos rayas gruesas de delineador negro que, asumo, son su truco para resaltar su mirada felina, de bombachita floja.

Estas mujeres son la pesadilla de todas, porque siempre se mantienen atractivas y accesibles para el sexo opuesto. Son plantas carnívoras que se alimentan de los hombres a los que histeriquean sin pruritos. Tienen sexo con uno distinto cada semana y su estrategia es infalible: son fáciles, se ríen todo el tiempo, entregan el culo, no piden explicaciones, no tienen problemas, nunca están tristes ni ocupadas porque no trabajan y sólo hacen cursos de “arte”, y cuando terminan de coger se ponen las botas y, perfectas, se piden un taxi.

Sí, esa piba “irresistible” era Jul, que venía en dirección opuesta a la mía, llena de bolsas de negocios de ropa y escuchando música (no sé qué banda “se usa” ahora, pero bueno… esa).

Y por supuesto, una nunca está lista para semejante enfrentamiento. ¿Cuáles son las probabilidades? Por más que te imagines una y mil veces la situación y proyectes centenares de escenarios posibles y frases astutas, jamás se te ocurre que, en una ciudad como esta, efectivamente vayas a cruzarte con la amante de tu concubino.

Primero pensé en directamente irme a las manos. Bajarle dos o tres dientes, arrancarle la mitad de las mechas mal teñidas, escupirle la cara, desprenderle un pedazo de nariz con las uñas y llevarme las bolsas de ropa, probablemente al grito de “¡Puta cínica! ¡Te hacías la amiga y te cogías a mi marido!“, o algo así.

Pero después me pareció que las damas deben caracterizarse por su lengua filosa y ser capaces de mantener la distinción, como fríos bloques de hielo que nunca pierden el control, aún en momentos de sumo dramatismo. Sí. Me pararía a saludarla y le diría “¡Jul! ¿Cómo estás? ¿De qué telo venís? Si lo ves al Chango decile que hoy hay milanesas“, o “¡Qué raro verte vestida a esta hora!“, y seguiría mi camino con la frente en alto.

¿Y si mejor la ignoraba? No, sería poco creíble.

Finalmente me decidí a hacer lo más difícil. La saludaría casual, como si ella no fuera más que la amiga moderna del Chango. Un “Holaquétaltodobien” con una sonrisa a medias sería suficiente para demostrar mi superioridad moral y dejarla pensando, si es que sus seis neuronas le alcanzan para hacer siquiera la más mínima autocrítica.

Moriría de bronca al sentirse incapaz de perturbarme, pensé, y se sentiría lo menos.

Pero me cagó, porque ni bien me vió, Jul entró en pánico, cruzó de vereda haciéndose la boluda, miró para el otro lado y aceleró hasta perderse en la esquina como si hubiera visto al mismísimo diablo.

Me quedé un instante parada en la vereda, y sólo atiné a desear que a ella, algún día, le toque estar en mis zapatos.

A marzo

29 Jun 2009 En: General

Me gusta que todo me salga bien, y me preocupo mucho por estar en todos los detalles, aunque no sé si es un rasgo de mi personalidad que siempre estuvo presente, o es algo que me inculcó mi abuela un verano horrible que pasé con ella en la costa.

“Las otras nenas son lindas, pero vos te vas a tener que esforzar más para compensar”, me dijo con ese tono de superioridad que usan las viejas cuando te quieren dar una enseñanza de vida. “Y no podés usar dos piezas, tenés panza“.

O quizás tenga que ver con mi boletín de 4to grado. Todos 10 menos dibujo: 7. Mi madre se limitó a exclamar “¿Cómo sacaste un 7? ¿no te podías esforzar más?”

Para que el Chango se sintiera en su hogar cuando empezamos a vivir juntos había bastado con llenar la heladera de quesitos untables y la alacena con paquetes de maníes y galletitas.

Para impresionar a mi (ex)suegra fue igual: sólo tuve que comprar una docena de cañoncitos con dulce de leche y ponerle azúcar al mate.

Pero Maxi no era tan fácil, y preparar mi casa para para que él la conociera me llevó bastante más tiempo.

Empecé cambiando las sábanas y armando la cama. Después reemplacé las toallas del baño por unas nuevas, suaves y sin manchas de lavandina; limpié el inodoro y el bidet con harpic, los espejos con limpiavidrios, la bañadera con cif crema; puse jabones nuevos y lavé la alfombra, que ya tenía un olor a humedad bastante intenso. Saqué los folletos de ofertas de Coto y los catálogos de farmacity que siempre me gusta hojear
mientras hago pis, y en su lugar dejé un ejemplar de la revista Lugares.

Seguí con la cocina, que a decir verdad estaba bastante bien. Desde que no vivo con el Chango prácticamente no la uso, así que alcanzó con pasar un trapito y tirar los papeles de golosinas y las aglomeraciones de yerba húmeda que se habían juntado en la mesada.

El resto fue sacudir, lustrar, apilar y esconder hasta lograr que mi casa pareciera salida de un folleto de Easy de hace algunos años.

Los libros copados quedaron a la vista, en filas prolijas. Los adornos rotos, las facturas sin pagar, las tazas con los bordes saltados y las medias desparramadas por el piso desaparecieron tras el placard del comedor. Fregué las ventanas, enderecé los cuadros y aromaticé los ambientes con sahumerios de sándalo.

Después me saqué los bigotes y me depilé las axilas, me bañé, me puse perfume y me vestí y me terminé de hacer la planchita justo cuando sonó el timbre.

Maxi llegó con dos botellas, la polera azul y el pelo fabuloso. Me saludó con un beso mojadito en la boca.

Maxi:
¡Qué rico perfume! Es el que tenías el día que te conocí.
Elena:
¿Dos vinos?
Maxi:
Traje un blanco y un tinto porque no sabía qué vamos a comer.
Elena:
Mejor, me tomo los dos y me empedo así no estoy nerviosa.
Maxi:
¿Estás nerviosa en serio?
Elena:
Es que sos el primer hombre que viene a mi casa desde el Chango…
Maxi:
No me mientas, ¡mirá que yo hago terapia! Querés causar una buena impresión ¿no? Querés que todo sea perfecto.
Elena:
Ah, ahora sos Adrián.
Maxi:
No, pero es que a veces es como si estuvieras dando examen y necesitaras sacarte 10. No podés sacarte siempre 10 y tampoco importa. ¿Podemos subir que hace frío?

Lo odié por conocerme tan bien y lo dejé pasar.

Maxi:
Tu casa es muy linda.
Elena:
Hago lo que puedo, es todo medio viejo y nada combina, pero de a poco voy a ir cambiando algunas cosas para que quede mejor porque ahora nada tiene que ver con nada y como igual me quiero mudar, tampoco quiero hacerle demasiadas cosas ni gastar mucho en decoración porque no sé cómo va a ser mi próxima casa, no sé si me darán un crédito, me gustaría comprarme algo chiquito en otro lado para empezar de nuevo, y ahí sí, le pondría más cosas, cambiaría el sillón y pondría unos vinilos en las paredes, ¿ubicás esos vinilos que tienen dibujos y los pegás en la pared y queda como un mural? Esos quiero, pero bueno, por ahora está así, pero trato de mantener todo siempre limpio, eh.

Maxi:
¡Relajate! Sos más obsesiva que yo. Tu casa está bien.

Mientras comíamos, me contó sobre su laburo, me elogió el pollo al horno y me agradeció haberle servido la salsa aparte.

Él hablaba tranquilo entre bocado y bocado, pero yo miraba de reojo a mi alrededor. ¿Había sacado bien el polvo de las repisas? ¿Había dejado a la vista el Abba gold? ¡Que no lo vea! ¿Le puse sal al pollo? ¡No! ¡No le puse!!! ¿Se dará cuenta de que las sillas son todas distintas? ¿Se me ve el grano?

Tomé unas cuantas copas de vino, o al menos las suficientes como para olvidarme de mis complejos de ama de casa desesperada y lograr concentrarme en el hombre buenmozo que tenía delante, y ni bien terminamos la cena nos tiramos en el sillón del living a hacer cosas chanchas.

Al rato, Maxi habló entre un beso y otro.

Maxi:
¿Vamos a la cama?
Elena:
¿Es metafórico o no te gusta el sillón?
Maxi:
Es que no puedo en el sillón.
Elena:
?!
Maxi:
Es que acá miraba la tele tu marido y aparte la gente se sienta con ropa de calle…
Elena:
No, bueno, en realidad miraba más en la cama, por eso tengo 2 DVDs…
Maxi:
Estás cortando el momento…
Elena:
Pasemos al dormitorio, por favor.

Me levanté como pude, ya completamente ebria y con todo el alcohol en la cabeza, y lo arrastré a los tropezones. Mientras nos manoseábamos contra la pared, se me ocurrió una maniobra que, en mi mente, no podía fallar.

Sin dejar de besarlo, le intenté sacar la polera onda femme fatale, con calentura y elegancia a la vez, pero la muy chota se trabó en la parte del cuello, y tironeé tanto que cuando finalmente salió, Maxi se golpeó la nuca contra la pared haciendo un ruido como… “PPPOC“.

Maxi:
¡AUUUUCH!
Elena:
¡Boludo perdoname, me quise hacer la sexy! ¿Estás bien? ¿Te lastimaste?
Maxi:
Se me va a hacer chichón, pero no pasa nada.
Elena:
Ay, esperá que te voy a poner hielo, ¡me quiero matar!
Maxi:
Estoy bien, en serio, no pasa nada.
Elena:
No, no, es que me quise hacer la sexy, ¡perdoname! Encima ya sé que a la comida le faltaba sal y estaba fea, ¡pero te juro que me esforcé! ¡Puse toallas nuevas, todo! ¿Y viste los jabones?

Maxi:
A ver a ver, calmada, calmada… ¿si te digo que tenés un 10 te quedás tranquila?
Elena:
Sí…
Maxi:
Bueno, pero eso sí, alumna Paoloni, su desempeño esta noche dejó bastante que desear, así que vamos a tener que recuperar los puntos perdidos de alguna manera…
Elena:
Ay, bueno, profe, pero el pantalón sáqueselo usted que no soy buena con los cierres y no quiero más accidentes.

Creo que aprobé.

Bajo cero

26 Jun 2009 En: El mío, Reflexiones y confesiones

Hay quienes dicen que en materia de sexo las cosas se van dando lentamente, y que la intimidad física es va mejorando conforme vamos conociendo más y mejor el cuerpo de nuestra pareja, sus gustos y sus necesidades.

Del otro lado están los que afirman que todo pasa por la química. La atracción es algo que se da desde el primer momento, y el buen sexo, de ese que podemos ubicar en un top 5 que nos dibuja una sonrisa en la cara, es sencillamente cuestión de piel.

Mi primera vez con el Chango entró en esta última categoría. Los dos vivíamos con nuestras respectivas madres y éramos pobres, por lo que la privacidad y/o el telo quedaban completamente fuera de la ecuación, así que buscamos una noche en que mi vieja no estaría en casa y nos encontramos ahí sin preámbulos. No hicimos de cuenta que miraríamos una peli, ni que tomaríamos un café.

Le abrí la puerta y casi inmediatamente estábamos matándonos a besos. Él tardó 6 o 7 segundos en empezar a manosearme las tetas como loco y desabrocharme el corpiño con la eficiencia de un calentón impaciente.

Sin que nuestas bocas se separaran un segundo nos apretujamos como pudimos en mi cama de una plaza y cogimos toda la noche, como cuando tenías diecisiete años y esas ocho horas se desdibujaban entre polvos y pequeños ratitos de sueño y charlas limadas, risas y ese perfume tan particular, mezcla de rastros de desodorante y emanaciones corporales.

Esa vez, como muchas que vendrían más adelante, los dos acabamos al mismo tiempo y nos miramos sorprendidos, transpirados y enredados en mi colcha, que era de esas verdes con textura setentista y había adornado los dormitorios de varias generaciones.

Y me acuerdo que pensé que ese tipo de encuentros sólo se daban una vez en la vida, con una persona única destinada para nosotros; que esa perfección significaba que algo verdadero estaba empezando y que podía durar toda la vida.

En serio, pensé eso, pero bueno, tampoco tenía tanta experiencia.

De esa noche pasaron ya cuatro años, y en el medio hubo de todo. Vacaciones compartidas, problemas de guita, espantosos tests de embarazo, ravioles en lo de mi suegra, arbolitos de navidad de plástico chino, peleas y reconciliaciones, infidelidades, lunas de miel, deudas al fisco, cenas románticas, maratones de series norteamericanas, chistes cómplices, muertes cerebrales causadas por la rutina, laburos malos, laburos no tan malos, miles de viajes en colectivo al sol y desayunos domingueros.

Después empezó esa agonía que tarda muchos meses en hacerse evidente, y cuando eso sucede en general ya es demasiado tarde, onda cáncer.

Y si bien siempre estuve en contra de esa asunción simplista de que “el sexo es el termómetro de la relación”, me doy cuenta de que no deja de albergar algo de verdad. Si la relacion va sobre rieles, o bien el sexo es muy muy bueno, o bien no es un tema que preocupe demasiado a ninguno de los miembros de la pareja. En cambio, cuando las cosas comienzan a desgastarse fuera del dormitorio, no tardan en aparecer problemas entre las sábanas.

La última vez que compartimos la cama, que ya era un sommier de dos plazas con almohadones de Arredo, lo hicimos sin hablar, cada uno mirando para su lado. Hacía semanas que no nos decíamos buenas noches. Simplemente el Chango miraba la televisión hasta dormirse y comía un pedazo de bizcochuelo o un alfajor, mientras yo me daba vuelta e intentaba conciliar el sueño antes de que empezaran sus ronquidos infames.

Del pingui pingui ni noticias, aunque a esa altura para mí ya era un alivio. El sexo se había convertido en una más de mis obligaciones, y en mi agenda no ocupaba un lugar más importante que, por ejemplo, pasar el trapo de piso o comprar una prepizza para la noche.

Los días que “tocaba” hacerlo eran todos iguales. Me ponía en bolas rápido, él me daba un beso de lengua y esa era la señal. Después venía el pete, el me tocaba un poco la concha, hacía algún comentario malicioso sobre mi poca respuesta, y después me la metía jadeando como un un jabalí gordo y bruto, y yo cumplía mi parte como una esposa eficiente gimiendo como si se acabara el mundo. La cosa duraba, en total, quince minutos. Él se dormía y yo me quedaba intentando recordar esos días en los que la transpiración de sus axilas y el olor de su saliva espesa me calentaban tanto que sentía que iba a explotar, pero no podía.

No había más piel o quizás ya no nos conocíamos más.

Pájaro en mano sigue en los medios

24 Jun 2009 En: Pájaro en mano

Menos tentador que la tanguita de Conz pero aún así igual de divertido y lleno de magia, Pájaro en mano llega a la FM Rock&Pop.

Así es, queridos lectores, hoy a las 23:30 en la 95.9 no dejen de deleitarse con mi voz satinada y mis más desopilantes ocurrencias en el programa de Diego Ripoll, que recomendará este blog tan fabuloso.

Pueden escucharlo online acá.

¡Nada más, muchas gracias!

Poesía pura

24 Jun 2009 En: De hombre

¿Qué intención se oculta detrás de un piropo? ¿Qué misterioso mensaje intenta transmitir un hombre que piropea? ¿Pretende excitarnos, sorprendernos, alegrarnos el día?

Andá a saber. Lo cierto es que el modo en que un muchacho describe a una mujer que le gusta dice mucho sobre sí mismo. La elección de las palabras correctas es un arte complejo, y el efecto de cada sílaba debe ser cuidadosamente planeado.

Los que mejor piropean, desde luego, son los albañiles, que arman frases maravillosas sin el menor esfuerzo y con la rapidez del rayo. “Cómo te chuparía esa conchita, bebé“, “tanta carne y yo con hambre“, “qué ganas de lengüetearte todita” o “te hago cinco sin sacarte a respirar” son algunos clásicos a los que las mujeres estamos acostumbradas.

No se quedan atrás los colectiveros, los maquinistas del subte ni los mecánicos, que siempre están dispuestos a murmurar alguna delicia en tono lascivo, al estilo de “miamooor quérmosaquesó“, “con ese culo debés cagar garotos” o “estás tremenda, pero lo que mas me gusta es tu cortachurros“.

Pero no todos pueden alcanzar ese dominio total del lenguaje. A algunos les cuesta un poco más, y si no vean estos ejemplos:

1.
Elena:
Describime a tu mujer ideal.
Maxi:
Alta, con curvas, tiene que ser linda de cara… los ojos y la boca de Angelina Jolie, las piernas de Cameron Diaz, las tetas y el culo de Pampita, el pelo de Luisana Lopilato…
Elena:
No, no, esperá, mejor decime algo lindo a mí directamente.
Maxi:
Ah, pensé que no hacía falta, ¡si sos divina! Te deben decir todo el tiempo. Bueno, me gustan tus cejas, son muy simétricas, pero lo más lindo que tenés son los colores de tu cara… son como un cuadro.

2.
Elena:

Describime a tu mujer ideal
Chango:
Petisa, culo grande, tetas grandes, morocha, bocona. O sea, petisa como Elena, el culo grande como el de Elena, las tetas de Elena… jaja te maté ahí, ¡seguro pensaste que iba a decir las de Jul!

Elena:
Pensé que no te atreverías y dirías las de Kloosterboer, a decir verdad, pero veo que no tenés límites.
Chango:
No, las tuyas toda la vida, tu pelo, tus ojos, tu bocota y tu nariz gigante. Sos diez kilos de milanesas de mi vieja hechas con 100% carne argentina y yo quiero ser tu limoncito, bebota.

Van cabeza a cabeza, ¿no?

Plantón sanitario

22 Jun 2009 En: De hombre, Los otros

Con el tema de la gripe porcina, los obsesivos, paranoicos, exagerados y víctimas de los medios tienen la excusa perfecta para dar rienda suelta a sus excentricidades, y mientras el Chango se limpia la boca con la misma servilleta que usó para sonarse la nariz y yo tomo agua de un vaso que hace dos días está tirado en la oficina, otros eligen tomar algunas precauciones.

Elena:
Lindo, nos vemos hoy, ¿no?
Maxi:
No me mates divina, pero no puedo, me estoy yendo a la guardia.
Elena:
¿Pasó algo? ¿Estás bien?
Maxi:
No, no sé, me estornudó una mujer encima en el subte y me empecé a sentir mal, sentí que la saliva me tocaba la cara, quiero estar seguro de que no tengo nada. Me pasé alcohol en gel en las manos y en la cara pero por las dudas.

Elena:
Ah, pero no importa, mirá que yo ya tengo algunos mocos igual, eh, ¡de última nos contagiamos los dos!
Maxi:
Pero ¿estás tomando algo? ¿Llamaste al médico? Con más razón, no nos veamos, no quiero contagiarme peor.
Elena:
Además de TOC sos hipocondríaco, ¡no tenés nada! Tomate un paracetamol y listo.
Maxi:
Ya tomé. No te enojes pero no soporto estar enfermo. Te lo compenso en la semana, te llevo a tomar el té con muffins de frutos rojos ¿sí?.

Elena:
Dale, yo te ayudo a contar que los arándanos sean número par.
Maxi:
¿Me ayudás a sacarlos?
Elena:
¿Cómo sacarlos?
Maxi:
Claro, primero los sacamos, comemos la masa y después comemos los arándanos. Si no son número par no importa, pero no me gusta comer las dos cosas juntas.

Elena:
Deduzco que primero nos vamos a tener que lavar las manos…
Maxi:
No hace falta, el alcohol en gel aniquila más del 99% de los gérmenes y bacterias.

Así que ayer me quedé sin ver a Maxi, pero aproveché para esterilizar mi casa, no vaya a ser cosa que algún día lo invite y no quiera ni entrar…

En busca del gesto grandilocuente y/o cursi

19 Jun 2009 En: El mío

Cual guerrero implacable que no se rinde ante la adversidad, el Chango volvió a la carga.

Chango:
¿Podemos hablar? Pero en persona.
Elena:
Estoy en cama, me duele la cabeza y estoy llena de mocos, mejor otro día.
Chango:
¿Y si te voy a cuidar y te llevo té Vick?
Elena:
Pero mirá que estoy en la cama, eh, no me voy a levantar, no hay nada de comer. ¿No querés que hablemos otro día? ¿Pasó algo?

Chango:
No, es que tengo ganas de verte.
Elena:
Ok. Traeme caramelos.

Albóndiga llegó afeitado y limpio. Le abrí la puerta en bata y me metí enseguida en la cama.

Elena:
Hacé lo que quieras, si querés mirá un poco de tele, yo me acuesto porque no doy más.
Chango:
Ahí puse el agua a calentar para el té vick. ¿Querés que desenchufe el DVD y lo lleve al cuarto así mirás series en la cama?

Elena:
Uy sí, ¡buenísimo! Qué cagada que no tengo termómetro, me parece que tengo fiebre.
Chango:
¡Chango trajo! No me preguntes cómo me acordé, pero traje.
Elena:
Ok, quién sos y qué hiciste con Albóndiga.
Chango:
Daaale culodeoro, dejame ser tu enfermerito, aunque ya sea un poco tarde. ¿Me dejás?
Elena:
¿Trajiste series?
Chango:
Traje Héroes y una peli.
Elena:
¿Qué peli?
Chango:
Tienes un e-mail.
Elena:
¡¡ Noooo!! ¡¡¡¿Posta trajiste Tienes un e-mail?!!!
Chango:
Claro.
Elena:
¿Y los caramelos?
Chango:
Rocklets, sugus confitados y esos de dientes que te gustan.
Elena:
¡Excelente, dientes! ¿Me alcanzás los pañuelitos? y poné la peli. ¿Me traés agua?

Albóndiga hizo todo lo que le pedí y se sentó en la cama. Mientras mirábamos la película que él detesta y yo adoro como sólo puede adorarse el más terrible guilty pleasure, me agarró la mano y me acarició despacito. Yo lo dejé, no sé bien por qué, supongo que no tengo otra opción más que odiarlo, pero él tiene algo que me impide pensar cuando está cerca. Creo que es su olor, o por ahí toda esa enorme cantidad de pelo negro que le crece como maleza haciendo ondas caprichosas estilo nochero.

Cuando lo veo me cuesta controlar mis emociones. Me pongo pelotuda, no se me ocurre nada astuto para decirle, quiero llorar, insultarlo, gritarle en la cara que es un sorete y que nunca me cuidó; pero también quiero besarlo y que me lleve a pasear y hacer chistes de Seinfeld y comer churros como hacíamos antes. Todo junto. Y sonarme los mocos.

Terminó la película y me quedé dormida con la bata puesta y la bolsa de caramelos sobre la almohada.

Cuando sonó el despertador el viernes a las 7, el Chango dormía abrazado a mí, vestido y sobre las colchas. Abrió los ojos, me sonrió y me dio un beso en el cachete.

Chango:
¡Ja! ¡Dormí con vos!
Elena:
Quiero café.
Chango:
Cómo no, mi reina, ya se lo marcho.

Al final no hablamos nada, no sé qué quería, pero quizás haya ganado esta batalla.

Le pongo sazón

17 Jun 2009 En: Diálogos conyugales, El mío

En las comedias románticas, el galán siempre tiene algún gesto grandilocuente o al menos muuuuuy cursi para conquistar a su amada luego de un desencuentro.

En “Jamás besada”, por ejemplo, el profesor hace una entrada triunfal al campo de baseball donde lo espera Drew Barrymore y la besa apasionadamente frente a la multitud enardecida, justo cuando ella está a punto de perder las esperanzas.

En “10 cosas que odio de tí”, en cambio, el personaje de Heath Ledger agarra un micrófono y canta a capella “you’re just too good to be truuuue…” en las gradas de la prepa haciendo caso omiso de las decenas de adolescentes populares que lo miran atónitos, y se gana para siempre el corazón de la muchachita rebelde.

Y en “Cuando Harry conoció a Sally“, Harry corre -literalmente, hacen un primer plano de las nike blancas de Harry y todo- a buscar a Sally a la fiesta de fin de año y le escupe nervioso una declaración de amor capaz de hacer llorar a las piedras; mientras que en “Love, actually“, el escritor londinense viaja a Portugal a proponerle matrimonio a la joven que había estado limpiando su casa por meses. Lo hace en perfecto portugués y delante de toda la familia de ella, luego de pasar semanas estudiando el idioma.

La cuestión es que, conmovida por este gesto grandilocuente y/o cursi, la chica termina por darse cuenta de que en verdad ama a ese especímen con todas sus imperfecciones, y el final feliz llega justo a tiempo para reconfortarnos mientras nos terminamos la coca cola y nos arrepentimos de no haber comprado más confites.

El Chango pasó por casa el domingo a la noche, sin avisar, para hacerme notar que el guionista de mi vida no es tan creativo. O sí, no sé.

Chango:
Te traje un regalo.
Elena:
¿En serio? ¿Qué me trajiste?
Chango:
Lo hice yo, espero que te guste.

Lo que depositó en mis manos no era una caja de The Candle Shop con velas de vainilla, ni un libro de fotos de New York muy copado que ví en El Ateneo, ni mucho menos un álbum con nuestras fotos más bonitas o un disco de jazz. Ni siquiera era un paquete de gomitas del Arcor de Corrientes y Uruguay.

No.

El regalo del chango estaba envuelto en una bolsa de coto, que dejaba adivinar que debajo había un frasco de café instantáneo.

Chango:
¿Y? ¡¿Qué te parece?!
Elena:

Chango:
¡¡¡¿No es lo máaas?!!!
Elena:

Chango:
!!!
Elena:
… ¿Chimichurri?
Chango:
¡Seeeh! ¡Chimi! ¿Qué te parece?
Elena:
… odio el chimi… tiene olor.
Chango:
Aaah, pero este chimi es especial, no tiene picante ni ajo, y es para que cuando no tengas ganas de cocinar se lo pongas a la carne o al arroz y listo.
Elena:
…pero está todo aceitoso…
Chango:
No entendiste, es para condimentar. Es porque no quiero que pases tanto tiempo haciendo las cosas de la casa. Con el chimi resolvés la mitad de cualquier comida, y además lo hice yo, no me ayudó mamá, lo hice solo. ¿Lo vas a probar aunque sea?

Elena:
Supongo que querés que haga una carne al horno…
Chango:
¡Nnnnnnop! Compro yo de la parrilla mientras vos te bañás o te ponés crema, te sacás los bigotes y esas cosas. Relajate, Changuito se ocupa.

Elena:
… bueno, dale.
Chango:
Por cierto, qué bien tenés el culo, estás bárbara.

Sigo esperando el gesto.

¿O era este?

Ojo, el chimi estaba bueno…

TOC TOC

12 Jun 2009 En: Los otros

Maxi me sirvió los ravioles en un plato cuadrado color negro, que decoró con una hojita de albahaca. La salsa de tomate era casera, y no tenía ajo porque sabe que no me gusta. Después volvió a la cocina a buscar su porción, pero me impacienté un poco porque tardaba en volver.

Elena:
¿Qué hacés?
Maxi:
Cuento los ravioles.
Elena:
¿Estás haciendo dieta y no podés comer más de siete ravioles o algo así?
Maxi:
No… es que tienen que ser número par.
Elena:
Pará… ¿los míos son número par?
Maxi:
No me fijé, no quiero arrastrar a nadie en estas cosas así que a vos te serví así nomás.
Elena:
Lástima, hubiera estado copado que fueran número par…
Maxi:
¡No me cargues! ¡Estoy en rehabilitación!
Elena:
En serio, en serio, no me caben los impares.

Volvió de la cocina y se sentó con cara de hacerse el boludo. Sus ravioles estaban acomodados en 4 grupos bien separados entre sí, ubicados en cada esquina del plato.  Uno de ellos no tenía nada, otro tenía sólo queso rallado, otro sólo salsa y el último salsa y queso.

Elena:
Eso sí explicámelo.
Maxi:
No tengo manera de zafar ¿no?
Elena:
No.
Maxi:
Prometeme que nos vamos a seguir viendo.
Elena:
Si los ravioles están buenos te lo prometo.
Maxi:
Bueno… es así. Los ravioles no sólo tienen que ser número par, sino múltiplo de 4, para separarlos en estos cuatro grupitos, ¿ves? Y cada grupito tiene una de las 4 combinaciones de sabores posibles, o mejor dicho, tres, porque hay uno que es el grupo de control, que son los ravioles que no tienen nada. Primero como uno blanco, para ver cómo es el sabor, y después voy avanzando, como uno con queso, después uno con salsa, así hasta llegar al “completo”, y disfrutar de todo junto y ver cómo se fue modificando el gusto al agregar ingredientes.

Elena:

Maxi:
Y después empiezo la vueltita de nuevo.
Elena:

Maxi:
¿No nos vamos a ver más, no?
Elena:
La próxima quiero los ravioles así.