Desde que vivo en concubinato jamás puedo usar el baño porque siempre está ocupado.

Esto me irrita un poco, porque usualmente se bromea sobre cómo las mujeres pasamos una eternidad en el toilette, arreglándonos, depilándonos, haciéndonos el brushing, pasándonos crema por las piernas, cuando en realidad son ellos los que monopolizan con descaro el lugar más importante de la casa.

Lo cierto es que luego de cronometrar minuciosamente los minutos que él y yo invertimos en ese recinto, él me gana con creces.

Para empezar, los hombres se la pasan cagando. No hay con qué darle; hacen caca por lo menos cuatro veces al día: una a la mañana, una después de almorzar, una a la tarde y una antes de ir a dormir. Ese es el ritmo de desagote de mi chango, que encima tiene el hábito de leer y escribir en el trono, lo que incrementa cada visita un promedio de cuarenta y cinco minutos. 

Hay tantos hábitos en el WC como hombres en el mundo. Algunos, los más discretos, abren la canilla para que no se oigan ruidos tremebundos. Otros se van con el ipod y cantan a viva voz temas de Los Beatles o algún clásico banana.

Y hablando de músicos, una amiga mía siempre se queja de que su marido se lleva la guitarra al baño y practica ahí, “porque tiene una acústica increíble“. ¿Alguien puede imaginarse cosa semejante? Me preocupa un poco, porque nosotros tenemos un bombo…

También hay quienes juegan con el celular o hablan por teléfono con sus amigotes, y existen los verdaderamente prolijos, que se cortan las uñas de los pies y las tiran por el bidet. (N. de la R.: Sólo el 0.07% de los hombres argentinos realiza esta práctica en el baño. El resto lo hace en la cama, sobre la mesita del living o en el escritorio, frente a la compu. Esos son los lugares donde, según varias encuestas, la mayoría de las mujeres encuentra misteriosos desprendimientos con forma de medialunita blanca traslúcida.)

Algunos tiran poett, otros recurren al fósforo y otros dejan todo al natural.

Pero hay algo que ninguno hace ni hará nunca, algo impensable, indecible, cuya sola evocación produce risa:

Ningún hombre, señores, cambiará jamás el rollo de papel higiénico.