Confieso que siempre tuve la terrible sospecha, pero nunca pude confirmarla.

Desestimé los indicios una y otra vez como quien no asume que ha ganado peso ante el pantalón cada vez más ajustado.

Y con toda honestidad -ingenuidad- yo pensaba que lo que mi concubino busca en una mujer, lo que verdaderamente lo seduce, es una delicada distinción, un sutil sentido del humor, una elegancia natural, una inteligencia aguda y certera, una belleza tranquila y apacible, un perfecto equilibrio entre suavidad y firmeza…

Pero, claro, estaba meando fuera del tarro. Grosso.

Siempre tuve la oscura sospecha, pero nunca pude confirmarla hasta hoy, que lo ví babearse viéndola en la tele, seguramente imaginando las peores perversiones: Una cacatúa gritona pintarrajeada como una tía soltera.

No hizo falta que dijera nada. Estaba todo muy claro.

A él, damas y caballeros, lo calienta Cristina Kirchner.