Cada vez que alguien me cuenta cómo conoció a su novio/a, me imagino al principio que será una historia encantadora, llena de malos entendidos, chistes internos, casualidades y un final totalmente rosa, estilo Sintonía de amor, o Tienes un e-mail. No puedo evitarlo, a veces soy una perdida naif.

Sin embargo, la mayoría de las veces, la cosa va más por el lado de “nos conocimos en el baile“, o “ella era amiga de la hermana de mi amigo“, o “trabajábamos juntos en el call center“, etc.

Mi historia tampoco es de película, ni muchísimo menos. ¿Y saben qué? eso no tiene nada de malo. Así que aquí va, sin photoshop.

La noche que conocí a mi concubino fue como cualquier otra noche. Habíamos ido con unos amigos en común a un recital de una banda que no nombro porque no sé si ahora es canchera, y yo, que no lo conocía, le presté bastante atención. La novedad fue que me enamoré de él a los dos segundos, después de escuchar el diálogo que cito a continuación:

Amigo X: Ay, ¡el pasado ya fue!
Futuro Concubino: Eso es tautológico

Más adelante comprobaría que él dice tautológico todo el tiempo, pero en ese momento me pareció lo más. Tenía que hablarle, tenía que llegar a conocer al hombre que había usado esa palabra en la puerta de un boliche. Dios, le dije lo más interesante que se me ocurrió:

Elena: ¿Te gustan mis zapatillas?
Futuro Concubino: Sí, qué buenas
Elena: Tienen lentejuelas, ¿ves?
Futuro Concubino: Sí, qué locas

…en fin, bueno, la mía es una más entre miles de historias de miles de parejas, y lo bueno vino después, como cuando llegás al centro del bon o bon.

Ayer encontré a las susodichas en el fondo del placard y se las mostré.

Elena: ¿Te acordás de cuando nos conocimos, que yo te pregunté si te gustaban estas zapatillas?
Concubino: Si, me acuerdo, son horrendas
Elena: ¡Me dijiste que te gustaban!
Concubino: Era porque me di cuenta de que me querías levantar