El sábado es un día agitado en la vida de Elena.

Antes, cuando era sola, me la pasaba mirando vidrieras y charloteando como un loro fuera de control con alguna amiga -también sola- que disfrutara de sacarle el cuero a la gente tanto como yo. Tomaba frapuccino, leía revistas femeninas y fantaseaba con la depilación láser.

Pero ahora todo es diferente. Una mujer concubinada tiene obligaciones: Hay que cambiar las sábanas porque él babea un poco la almohada y a veces deja aureolita, lavar toallas y toallones, barrer y pasar el trapo, desengrasar la cocina, desinfectar -sí, desinfectar- el baño, lavar ropa y planchar lo que me voy a poner en la semana…

Todo esto antes del mediodía, porque después me pasa a buscar mi madre para hacer los mandados.

Juntas, cada semana hacemos 45 minutos de cola en una verdulería baratísima que le vende a los restoranes de la zona, y después vamos a distintos supermercados de descuento o de origen oriental, para aprovechar todas las ofertas.

El chango ingrato, mientras, pasa las horas descansando porque trabajó mucho durante la semana. Claro, yo no tengo tres laburos yun hombre que atender. ¡Yo sí que tengo tiempo para hacer las cosas de la casa!

(El sábado, además de ser un día agitado en la vida de Elena, es un día en el que Elena resiente profundamente al vago dormilón que vino a destruir todos sus sueños de profesional cool y la convirtió en una loca histérica que lleva a los porrazos el oficio de ama de casa.)

Y ayer fue especialmente intenso. Venía de descansar poco y mal, la verdulería era un caos y mi mamá se peleó con una vieja que quería colarse. Creo que sus palabras exactas fueron “No te hagás la viva, vieja delincuenta y hacé la cola como todos”.

Una hora y media después hice una primer escala en casa para dejar la bolsa y agarrar la Visa Electrón que me había olvidado al lado del teléfono. El Señor dormía plácidamente, pero con el ruido se despertó y tuvo un gesto solidario:

“Yo guardo todo lo de la verdulería, mi amor, no te preocupes, andá tranquila”, gritó desde el cuarto, y entonces yo me fui relativamente tranquila.

La tarde fue infernal. En el primer supermercado no había nada, pero el pan lactal y los quesos están a muy buen precio ahí, entonces tuve que hacer una compra. Me atendió la cajera que el otro día me cobró dos veces las bolsas y me volví loca, pero no dije nada.

En el segundo supermercado tampoco había nada, y tuve que adquirir masa de tarta marca “La Nonna”. Esperé 20 minutos para pagar porque tenían problemas con la maquinita de la tarjeta de débito. La gente se agolpaba en la caja y decía pestes de mí por lo bajo. Qué me importa, soretes, vayan a Jumbo si no quieren contratiempos, y paguen 10 pesos por un frasco de mermelada.

Finalmente en el tercer supermercado compré lo que me había olvidado en el segundo: cereales y yogurcito para el desayuno de Él, porque sino compra alfajor y cepita de manzana en el kiosco. Y un paquete de Jorgito Mousse porque ya me había puesto muy nerviosa.

Eran las siete y media cuando pude hacer una segunda parada en casa para dejar las cosas de heladera antes de irme a lo de mi abuela. Ah, porque mi madre es muy cocorita con las viejas ignotas, pero no puede enfrentar a mi abuela que siempre le dice que está gorda, mal vestida y despeinada, así que yo la acompaño todas las semanas. Es una tortura de proporciones épicas. Típico de mi sábado.

Como adivinará el lector, abrí la puerta y la bolsa de verdura estaba sobre el mármol, intacta. El príncipe ya se había ido a la reunión semanal con sus amigotes. La cama había quedado deshecha y la coca destapada y afuera de la heladera.

Había una chocolina en el piso, un poco pisoteada.

Desquiciada, con la sangre hirviéndome de ira, alcancé a teclear un sms:

“Menos mal que guardabas vos lo de la verdulería eh… dejame adivinar, ¿te quedaste dormido y tuviste que salir corriendo?”

Y acá viene la sorpresa, porque a los dos minutos me llama al celular y me dice, contento “Ay, ¡Hola mi amor! Disculpame que no guardé las cosas, bah, es que en realidad las estaba guardando pero ví que ya había verduras en la heladera y me agarró la duda, y pensé que por ahí lo de la bolsa era lo de tu mamá, y como no quería que me cagaras a pedos por haber mezclado todo, lo saqué de la heladera y lo volví a poner en la bolsa, ¿me perdonás?”

Lo odio, siempre queda bien.

Hoy el chango tiene premio.