La primera vez lo dejé pasar, porque hacía poco que concubinábamos y no quise apabullarlo con nuevas responsabilidades y obligaciones, tan diferentes al estilo de vida que antes llevaba como niño mimado.

La segunda vez fue sin querer, y lo comprendí, porque uno no puede estar en todo, y a veces el trajín del día a día hace que perdamos de vista algunos detalles.

Pero esta es la tercera vez que el Señor pierde las llaves, y estoy al borde del colapso.

¿Cómo pierde las llaves tres veces? ¿A qué clase de tarado se le caen del colectivo? ¿Para qué las sacó del bolso en el trabajo y las dejó sobre la mesa, si no las tenía que usar? ¿Por qué tiene tres llaveros diferentes (uno para nuestra casa, uno para la casa de su madre y otro para el laburo)? ¿Y por qué de esos tres siempre pierde el nuestro?

A riesgo de caer en el lugar común más obvio, es bien sabido que los hombres pierden todo. No sé si es por esa falla característica en la memoria, común a la especie, o si el mío es especialmente gil. Lo cierto es que no conozco mujer que no se queje de que su pareja nunca sabe dónde dejó las cosas.

Una amiga de la infancia me contó, divertida, que su mamá le sacaba ella misma las medias a su marido mientras él comía, y las ponía para lavar, harta de juntar medias solas que se habían separado de sus compañeras quién sabe cómo.

Mi vieja en cambio, en sus años de casada, había entrenado a mi padre para que todas las noches pusiera el teléfono celular, las medias, los zapatos, la billetera y las llaves sobre la misma silla, para evitar extravíos de último momento.

Hay un sinfìn de objetos de uso cotidiano que los hombres pueden perder. Por ejemplo, el chango lo que más pierde después de las llaves son los tápers del almuerzo, a tal punto que me está resultando más barato decirle que se coma cualquier cosa en un bar de por ahí antes que tener que andar comprando tápers nuevos todas las semanas. Si no fuera antiecológico le mandaría bandejitas descartables.

En fin, volviendo al tema de las llaves, como soy una mujer de armas tomar, pensé en algunas alternativas para que este hombre no vuelva a perderlas:

Alternativa 1: No dárselas:
Si no las tiene, no las va a perder. Sería un poco incómodo levantarme a las 6 a.m. para abrirle la puerta, pero de todos modos a esa hora ya estoy despierta, recordándole dónde puso la chomba, cuál es el frasco del café y en qué puertita de las alacenas están las tazas.

Alternativa 2: Colgárselas del cuello
Así como a los nenes de jardín les prenden las notitas del pintorcito con un alfiler, yo podría colgarle al cuello las llaves atadas a un piolín. ¡Hasta podría quedar canchero!

Alternativa 3: Pegárselas con cinta al control remoto de la tele:
Esta es la mejor opción, porque además de garantizarme que no va a perder las llaves, le enseñaría, por extensión, a cuidarlas como la vida misma. Veremos qué tal resulta.

Si a alguien se le ocurre algo más, por favor colabóreme.