Una amiga del laburo siempre dice que ella tiene como regla que su marido no la vea con jogging o piyama dos veces en un mismo día.

Al principio no le presté demasiada atención, pero con el correr de los meses me doy cuenta de que es importante tomar ciertos recaudos para conservar algo del encanto en la pareja.

Muchas veces el chango se levanta antes que yo y se va a trabajar cuando yo recién me estoy levantando, con mis babuchas rosas, mi remera de la Capilla Sixtina talle XXL y el pelo en un estado deplorable (si tuviéramos una mascota, podríamos confundirla a menudo con la bestia indomable que tengo en la cabeza a las 7 am).

Una vez que tomamos un café y él se fue a esperar el colectivo, yo me lavo la cara, me peino, me pongo los taquitos, me lleno de rimmel y salgo para la la oficina empapada en “Romantic N° 12″ (Our version of Ralph Lauren’s Romance).

A las 18, mi día está lejos de terminar. Me queda preparar una que otra notita para el día siguiente, pasar por lo de mi vieja, ir a alguna entrevista o visitar a una amiga, calzarme las llantas y correr hasta el gimnasio. A la vuelta me pego una duchita así nomás y vuelven a entrar en escena las babuchas rosas y la remera de la Capilla Sixtina talle XXL.

Cuando él llega, entonces, yo estoy igual de harapienta que a la mañana, sólo que entre ollas y transpirando por el horno prendido.

Claro que esto no fue siempre así.

Recuerdo cuando mi changuito era mi chonguito, y venía a verme dos veces por semana. ¡Yo lo esperaba con unas ansias…! No podía esperar a verlo, a olerlo y a besarle el cuello.

El ritual previo al encuentro era interminable, pero valía cada segundo: Primero la depilación, con cera, prolijísima, para eliminar hasta el último pelo de mi cuerpo. Luego las cremas hidratantes y los perfumitos, el maquillaje sutil -No CFK-, el arreglo del pelo y el piyamita de nena, rosa con voladitos, bien cortito.

Después venía la esperada ceremonia, con las copas de vino y el sexo intenso, de ese que te deja una sonrisa de oreja a oreja y al otro día todos te dicen que estás espléndida.

En abril de 2008 el panorama es algo diferente. Las botellas de vino se convirtieron en cocacolalight. La piel de bebé ahora es usual pelusita, y los contratiempos, los problemas en el laburo, el cansancio y las cuentas que pagar fueron desplazando al piyamita, que quedó en algún lugar junto con mi colección de tanguitas de tul.

Pero yo no quiero que mi vida sea así, y, como decía al principio, estoy dispuesta a hacer un esfuerzo. ¡La rutina conyugal no me va a ganar!

No volveré a ponerme los trapos infames. Me comprometo a perfumarme todas las noches y a volver a vestirme impecable después de un buen baño. Como una persona normal y no una concubina deshecha.

Y que el chango vea lo que los otros hombres ven todos los días pero que en realidad sólo le pertenece a él.

Ya les contaré cómo me va.