Él cambió de canal distraidamente, mientras ella se cubría el cuerpo desnudo, sinuoso, con las sábanas que ya tenían algunos días.

-No me entendés-, dijo con descuido ella. -Es cierto. No puedo hablar con vos- contestó él.

-Creo que deberíamos separarnos ahora, y no esperar más tiempo-, sugirió ella. Somos muy diferentes y… -Y esas diferencias se notan cada vez más.- completó él.

Él volvió a cambiar de canal, y ella se vistió rápidamente con la ropa que había al costado de la cama.

Cuarenta minutos antes, los cuerpos de los dos se habían enredado con la intensidad de quienes necesitan dejar algo atrás; pero ahora sólo quedaba la repentina lucidez que sobreviene al sexo.

- Porque tampoco es cuestión de seguir metiéndole fichas a algo que tarde o temprano va a fracasar.- siguió ella mientras volvía a meterse en la cama, tan lejos de él como se lo permitió el ancho del colchón.

- Tenés razón. Mejor terminar ahora.
- Es que tenemos proyectos de vida muy distintos.
- Estamos desconectados.
- Quizás esto fue una decisión apresurada.
- Nos equivocamos.
- No es culpa de nadie.
- Mañana arreglamos bien cómo hacemos con las cosas. Ahora tratemos de dormir.

El día les iluminó las caras sin pedir permiso. Es que ella tenía la irritante costumbre (irritante para él, a ella le parecía encantadora) de dormir con las persianas levantadas para que la luz del sol la despertara naturalmente y la llenara de energías.

Él se despertó primero, y ella lo siguió un instante después. Durante el sueño se habían movido, y ahora sus caras estaban enfrentadas y sus narices casi se tocaban.

Ella lo miró y sonrió. Él estaba muy despeinado y parecía un cantante pop de los años ochenta.

Él la miró y sonrió. Ella también estaba despeinada, y tenía los ojos hinchados a la manera glamorosa de las divas borrachas de hollywood.

- Pero yo te amo-, dijo él.
- Yo más-, dijo ella.
- No puedo vivir sin vos.
- Yo tampoco.
- Qué cagada…