A las mujeres nos dan celos las cosas más extrañas. Muchas de nosotras podemos tolerar sin problemas que las compañeras de trabajo de nuestro concubino le acomoden el sweater o le digan que está lindo. Incluso podemos llegar a comentar con alguna de ellas lo buenmozo que está, ahora que se dejó la barba, sin que esto nos acarree mayores conflictos territoriales.

¿Qué cosas aguantamos y cuáles nos sacan de quicio? Hay tantas respuestas como mujeres en el mundo.

Mi madre, por ejemplo, se transforma en el increíble Hulk si su pareja no le contesta el celular. Cada vez que esto sucede asume que él está en la cama con otra, y lo mismo le ocurre a mi amiga Ana, que no soporta ver nombres de mujeres en la lista de contactos del msn de su novio, aunque en realidad se trate de la hermana o la prima.

En mi caso, puedo pasar por alto la vez que mi concubino bailó el vals con una piba de escandaloso vestido rojo en un cumpleaños de quince y me dejó clavada en mi silla media hora; y reconozco que tampoco me importó que se juntara un viernes a la noche a comer con su grupo de amigas, compuesto por seis chicas de 1,70 y pantalón talle 34.

Pero hay algo que no soy capaz de tolerar.

El otro día estaba ordenando su basur… eeh… sus “papeles” y encontré un cd de mp3 con la siguiente leyenda: “Para que hablemos de buena música, besos, Jul”. ¿Quién carajo es Jul y por qué quiere hablar de música con MI chango? ¡Es el colmo de la atorrantez! ¡Eso y ponerle un pasacalles que diga “te quiero levantar” es exactamente lo mismo!” ¿O me equivoco?

Digo, me alcanza con citar cualquier película de los ‘80 en la que el galán le arme a su amada un compiladito en cassette con temas románticos, para dejar bien en claro que detrás de un regalo así sólo se esconden las más oscuras intenciones.

Desde ya que al chango le pareció una pavada. “Es un cd, qué tiene, no te entiendo, ¿no escuchás música vos?”, me contestó escueto, y remató: “Te cargué los discos que creo que te pueden gustar en el mp3″.
 
En fin… La línea entre lo que nos molesta y lo que dejamos pasar es delgadísima y depende de cada uno. Lo cierto es que a) la música prefiero bajármela yo misma -aunque me gusta cuando el chango me supervisa-, y b) cuando la agarre a “Jul” la ahorco con el pasacalles.