No puedo creer que a meses escribir en este blog ya esté cayendo en un lugar común tan evidente como afirmar que los hombres no tienen ojo para el detalle. ¡Pero es cierto! O por lo menos a mí me tocó el más distraido de la Argentina.

La semana pasada mi concubino debió viajar por trabajo dejándome sola por cuatro días; así que de repente me encontré con muchísimo tiempo libre, que decidí utilizar en retocar un poquito la casa para darle una sorpresa.

En esta ocasión le tocó al baño. La cortina furiosamente floreada en tonos de rosa y verde y la alfombra de toalla con idéntico estampado -de mis locos, locos días de soltera- ya no corrían más, así que decidí cambiarlos por un nuevo set. Esta vez elegí tonos mucho más neutros, que combinan con esta nueva vida, estable y en pareja.

Una cortina blanca con detalles en suave celeste grisáceo y un felpudito de toalla haciendo juego quedarían fantásticos, y sorprenderían al chango, que por fin sentiría que el lugar donde pasa la mayor parte de su estadía en el hogar no fue decorado por una nena de ocho años.

Cuando llegó, el sábado a la mañana, corrí a abrazarlo. Me contó que había comido picada, cornalitos, sorrentinos y muchas porquerías. Maravilloso, pensé. Ahora va a tener que correr al baño porque sino explota.

Dicho y hecho, se encerró ahí por cuarenta minutos, pero no hizo ninguna exclamación. Tampoco dijo nada más tarde, mientras comíamos, ni antes de acostarnos.

Horas después, frustrada hasta el hartazgo, decidí interrogarlo. ¡No podía ser que no se hubiera dado cuenta de la ausencia de un plástico colorinche de dos metros por dos metros!

Elena:
…Mi amor… ¿No notás un cambio en…algo?
Chango (canchero):
Amoooor ¡Claro que sí! ¡Pensaste que no me iba a dar cuenta, eeeeh! ¡Te cortaste el pelo! Me encanta, te queda super bien, ¡tiene mucho más movimiento!

Bueh… ¿Por lo menos hizo el intento?