- Andá, no me molesta, en serio-, mentí. -¿Segura? -Sí, fue tu novia de la adolescencia, no me parece mal que se vean…además pasaron como quince años.

Así decidió el chango encontrarse con Silvina, su primer amor y, según él, el más puro, inocente y sincero que jamás haya sentido.

Silvina era su compañera del jardín de infantes, y desde entonces, él la había amado ininterrumpidamente hasta los últimos días de quinto año. Tenía el pelo larguísimo y casi blanco, que enmarcaba a la perfección dos enormes ojos celestes, ubicados con impecable simetría en un rostro inmaculado. Así por lo menos la describía siempre él, justo antes de suspirar y afirmar que era perfecta.

Su primer declaración de amor a la blonda había sido cuando ambos estaban por terminar preescolar, y los papás de Silvina habían pensado en cambiarla de colegio. El chango, desesperado al imaginar siete años de primaria sin ella, le había regalado una petunia rosa, directamente en un plantín, acompañada por una bolsa de libritos de cuentos y autitos de juguete, que eran sus más preciados tesoros. Silvina le había agradecido con la frialdad de quien se sabe la nena más linda, y el chango lloró encerrado en su cuarto todo un fin de semana. Finalmente los papás de Silvina decidieron que era más cómodo que su hija hiciera la primaria cerca de casa, y el hombre de mi vida respiró aliviado.

Entre 1982 y 1988, se dedicó a sorprenderla con regalos espectaculares cada cumpleaños. Aprovechó cada asalto para bailar con ella, y espantó a trompada limpia a todos los muchachitos que quisieron acercarse a su princesa, que era delicada y refinada como una copa del más bello cristal. Hizo sus deberes, recortó cientos de figuritas para decorar sus cuadernos y robó mil flores de los jardines del barrio, pero ella seguía inalcanzable, siempre atrás de algún otro compañerito con el que se paseaba de la mano en los recreos.

Pero el chango fue paciente, y en la secundaria tuvo su segunda oportunidad. Promediando cuarto año, a Silvina le agarró mononucleosis y estuvo dos meses sin ir a la escuela. El chango aprovechó y, desoyendo los consejos de su madre que no quería que se contagiara, la visitó todas las tardes. Le llevó los trabajos, le explicó matemáticas y le alquiló videos para que se entretuviera entre ejercicio y ejercicio. Cuando Silvina se curó, ya lo veía con otros ojos.

Fueron inseparables hasta que llegó el verano, cuando Silvina viajó a Brasil. A la vuelta todo se había enfriado, y al parecer ya no se acordaba de los besos del chango, ni de sus abrazos, ni de las notas altas que había sacado gracias a sus cuidadosas explicaciones.

Quinto año transcurrió sin novedades. Casi no se veían, porque ella estaba en otra división, pero se saludaban en los pasillos. Al chango le seguía pareciendo la chica más hermosa del planeta, y había decidido ir de viaje de egresados con el grupo de Silvina en vez del suyo, para poder estar cerca de ella.

La primera madrugada en Bariloche, en alguna conocida discoteca, ella meneaba su nuevísimo cuerpo de mujer al ritmo estridente de la música que adoran los jóvenes y detestan las personas como yo.

El chango la observaba en la distancia, listo para acercarse y decirle todo. Decirle que la amaba desde siempre, que ya no podía vivir sin ella y que necesitaba que estuvieran juntos de nuevo, esta vez para siempre.

Pero a medida que caminaba a su encuentro, vio cómo un coordinador de Río Estudiantil se adelantaba para seducirla y, sin más, delizaba sus manos por debajo del jean de Silvina. Ella estaba encantada, y esa noche perdió la virginidad. Se enteró todo el grupo, y al otro día algún alma caritativa decidió que mi concubino había sufrido suficiente y le contó el chisme.

Al chango se le rompió el corazón. Pasó el resto de la semana solo, lejos del grupo y evitando a la rubia, que se acurrucaba con el coordinador cada vez que podía. De vuelta en Buenos Aires, él no le dirigió más la palabra. Se había rendido.

Durante catorce años había respirado sólo por ella, que era la medida de todas las cosas, la referencia ineludible de su vida, una especie de asignatura pendiente.

Así que la otra tarde, cuando me enteré de que ella quería verlo, me sentí potencialmente cornuda, porque es imposible estar a la par de la intensidad del primer amor. ¿Cómo competir con la sensación de que lo que nos pasa es único? ¿Cómo hacerle sombra a esa piara de sentimiendos que invadieron nuestros cuerpos adolescentes por primera vez y dejaron huellas tan profundas? Y peor aún, ¿Cómo compararme con la que marcó el paso de sus días por tantos años?

Por más segura que esté del amor de mi concubino, me estuve devanando los sesos toda la tarde imaginándolos, flechados por la nostalgia y divertidísimos contando viejas anécdotas. Él seguro le estaría mirando las piernas, y ella se estaría preguntando por qué lo dejó ir. Él ni se acordaría de Bariloche, ni de la mononucleosis, ni de la petunia. Sólo pensaría en besar otra vez los labios que descansan debajo de ese par de ojos celestes que lo había hipnotizado. Volvió a las ocho de la noche.

-¿Cómo te fue, amor?-, pregunté haciéndome la casual. -No sé. -¿Cómo que no sabés? ¿Qué pasó?.

- Mirá… Para empezar… ella está distinta. Está… - ¿Hecha mierda?- pregunté con ilusión. - Y… está más encorvada. Se le cayeron las tetas y se cortó el pelo. Está medio baqueta, bruta, no sé, no se ríe. Me llamó porque quería saber qué era de mi vida después de tanto tiempo, y yo le conté que estoy trabajando muy bien, que por fin puedo hacer lo que me gusta, que estoy con vos y que estamos muy enamorados, que tenemos un departamento muy lindo y que vos sacás buenas fotos y escribís muy bien… ella me contó que se embarazó a los diecinueve, sabés, después a los veintiuno y después a los veinticuatro. Tiene dos nenes y una nena. El primer nene es del coordinador de Bariloche, ¿te acordás de ese forro?, que jamás se hizo cargo. Ella vive con los padres, en el barrio, porque se separó del marido, que es el padre de los otros dos chicos. Y trabaja en la librería de la hermana. Y fuimos a tomar un café, y yo me pedí un tostado, y cuando lo terminé había hecho migas, viste que yo hago migas siempre, soy un tarado, y agarré una servilleta y me puse a limpiar las migas como hacés siempre vos, y ahí ella gritó “¡No limpiés, no limpiés que para eso está el pibe de acá! ¡Eu, pibe limpiame la mesa!” y cuando llamó al mozo se le salió el chicle de la boca y se le cayó sobre el pulóver. ¿Y sabés lo que hizo? Se lo despegó y se lo volvió a comer y yo ahí vi que le faltaban unos dientes… Me parece que por eso no se reía-.

Dudo que vuelvan a verse, pero este encuentro le sirvió -y me sirvió- para comprender que las cosas del pasado deben quedarse ahí, resguardadas del tiempo y las inclemencias de la vida. ¿Para qué abrir esa caja de Pandora?

(Qué bueno que haya estado hecha bolsa…)