Además de lidiar con mi histeria, mi total incapacidad para mantener en orden el cajón de las bombachas, y mi paranoia y ansiedad constantes, el chango tiene que soportar estoicamente mi manía de cocinar todo light.

No me malinterpreten: yo soy la primera en picotear un pancito saborizado, unas papitas, un bocadito bonafide o unas gomitas, y mataría a palazos sin titubear al grupo de publicistas responsables de las campañas de productos Ser (te vendiste, Maju).

Pero me aterran el aceite y las grasas trans. La manteca y la crema son mis más acérrimas enemigas, no me gusta el asado y me quito la vida antes de comer una milanga de fonda.

Él, en cambio, se crió a base de fritos, pucheros, empanadas y embutidos. Lo más liviano que comía antes de conocerme eran sánguches de mortadela, y desconocía las tartas que no fueran de jamón y queso. No existía tuco sin estofado ni flan sin dulce de leche.

Aún así, me esfuerzo por encontrar un término medio y que él sienta que está comiendo un rico plato de comida casera, amén de que tenga brócoli y esté hecha con rocío vegetal, al wok y con cinco granos de sal… aunque a veces no funciona.

Ayer, después de tres días en cama con gripe y catarro y luego de una siesta larguísima, me levanté a las ocho de la noche, me puse la bata y empecé a cocinar lo que creí sería una cena muy especial para mi hombre.

Mientras la olla humeaba, le anticipé algo con mucho “punch” via SMS: “Amor, te hice lentejitas y te espero en la cami, potro”.

Sin embargo, las gripes de hoy en día son fulminantes y en seguida me empecé a sentir mal y me fallaron los planes.

Cuando llegó, el chango me encontró en la cama, sí, pero tapada hasta el cuello, tosiendo como un perro, en jogging, con la bolsa de agua caliente en el pecho y docenas de pañuelitos de papel a mi alrededor.

No me preocupé, porque tenía un as bajo la manga. Directamente le calenté la comida, contentísima, anticipando su alegría.

>> Dos minutos después:

Chango:
… ¿Esto es el “guiso”?
Elena:
No es guiso, son lentejitas y están riquísimas.
Chango (desconcertado):
Pero… ¿y el chorizo colorado?
Elena:
No sé ni qué es el chorizo colorado, pero es muy grasoso.
Chango (desorientado):
¿Y la panceta?
Elena:
Ah, no me gusta, es muy salada.
Chango: (desesperado)
Bueno, ¿y la carne?
Elena:
¿Para qué carne si tiene lentejas?
Chango:
… ¿Entonces…qué le pusiste?
Elena:
Lentejitas, arroz, tomate, cebolla, zanahoria y queso blanco para
suavizar. Y sal y pimienta.

Chango (frustrado):
No tiene juguito… no tiene sabor… me dijiste que me hacías lentejas y no tienen panceta, ni carne, ni chorizo, ni juguito, ni papa. No hay pan, me dijiste que me esperabas en la cama y yo me imaginé que ibas a estar en bolas y con unos tacos y estás moqueando con un look Doña Florinda que es como si me hubieran tirado encima un balde de cubitos… Me siento tan estafado…
Elena:
Bueno, no sé… ¿querés ponerle pedacitos de jamón y te toco el pito mientras comés?
Chango:
Bueno.