Uno los temas más ríspidos y complicados en toda relación de pareja es el dinero.

Todos nos hemos enfrentado a nuestra pareja por culpa del vil metal alguna vez, porque si hay, se discute sobre cómo gastarlo; y si no hay, se discute sobre todo lo demás (”está todo sucio, no podemos pagar una mucama y limpiamos los domingos“, “son las 11 de la noche y tengo que cocinar porque el delivery es caro“, “nunca salimos a ningun lado porque somos pobres“, “te compraste una depiladora eléctrica y todavía no pagamos el teléfono“).

Mal que nos pese, la plata y las peleas que genera tienen consecuencias en el resto de nuestra vida cotidiana. Determinan cuánto sexo tenemos, cuánto esmero ponemos en la comida (¿salchichas o pollito al limón con un vinito blanco? ¿o comemos afuera?), cómo nos vestimos, cuántas veces por semana compramos el diario y cuán seguido tenemos citas románticas con nuestro amorcito.

¿Hay alguna manera de eludir este conflicto? ¿Cómo debe distribuirse el ingreso de una pareja que convive? ¿Es mejor juntar todo en un pozo y sacar de ahí, o conviene armar un presupuesto separando gastos comunes de gastos individuales?

A simple vista, la primera opción parecería ser la más sencilla. Se pone todo en un mismo lugar y se paga todo de ese fondo común, ya sean cuentas, salidas, regalos del día del niño para la sobrina y el primito, zapatos para ella, un celular nuevo para él.

Pero este modelo sólo funciona, a mi entender, si los miembros de la pareja son igual de gastadores/ahorrativos. En mi caso, por ejemplo, yo aprovecho todas las ofertas en ropa y artículos de perfumería y voy a un gimnasio canchero, mientras que mi concubino decide despilf…digo… invertir en auriculares nuevos para el mp3, libros que después no lee y muchos, muchísimos artículos de kiosco a precios exhorbitantes. A él le parece una estupidez el modo en que yo gasto mi dinero, y a mí me parece de una impericia financiera suprema cómo él dispone del suyo, así que el esquema del “todo compartido” no encaja demasiado bien con nosotros.

La otra opción es armar un presupuesto en el que se separan por un lado los gastos de la casa compartida y por el otro los caprichos individuales. A diferencia de lo que la mayoría piensa, no es necesario padecer una neurosis severa como yo para poder llevar adelante un hogar de esta manera. Sólo es cuestión de sumar todas las facturas y tickets del supermercado durante un mes para hacer un estimativo, y luego cada miembro de la pareja pone la mitad y puede disponer del resto de su sueldo libremente.

Qué fácil parece ¿no? Pero se trata sólo de una utopía económica, queridos lectores. Muchas veces un miembro de la pareja tiene gastos imprevistos, gana menos de lo calculado, o cree que vivimos en 1992 y el cable cuesta 35 pesos, así que usualmente el otro se cansa y le recrimina su falta de organización monetaria y volvemos al principio.

Y claro, cada pareja es un mundo, y decidir cómo organizar este aspecto mundano pero inevitable de la vida es un proceso de ensayo-error que toma tiempo y genera asperezas que debemos ir limando con paciencia. No hay recetas.

Lo que yo hago cada vez que el chango viene con una bolsa de Cúspide con un ejemplar de “La teoría del cine aplicada al documental televisivo de los años ‘60 en América Latina: un enfoque marxista“, me lo regala y a los diez minutos me pide 20 pesos para comprar cocacola y chocolate, es respirar bien hondo y pensar en ese tema de uno de los referentes musicales de nuestro tiempo: “el dinero no es todo, pero cómo ayuda“. Y después sí, saco la billetera.