Me acuerdo de la presentación de los dibujitos de Alf, en la que Alf tenía una serie de pesadillas hasta que se despertaba de golpe y exclamaba con firmeza: “¡no volveré a comer golosinas antes de dormir!“.

Me acuerdo de haberle preguntado a mi mamá por qué Alf había dicho eso.

Me acuerdo de su explicación: “Mucha azúcar antes de dormir te puede dificultar el descanso”.

Y me acuerdo de anoche. Después del usual atracón con chocolates y sugus confitados que nos propone sin falta el cine imperialista al que concurrimos con mi concubino, nos acostamos a las 2 de la mañana. Me costó conciliar el sueño, pero finalmente logré quedarme dormida despues de dar unas cuantas vueltas en la cama.

“NOOOOOOOOO AAAAAAAAAAAHHHHHH” me despertó de golpe el grito desesperado del chango. Me incorporé enseguida, sobresaltadísima: “¿Qué te pasa, mi amor, tuviste una pesadilla? está todo bien, ¡tranquilo!”, lo abracé para consolarlo, todavía cagada por el grito.

Chango:
¿Eh?…no, no, eh… es que casi nos hacen un gol… ah, estás ahí… ¿dormías?

¿Dónde quería que estuviera? Miré hacia un costado y percibí el resplandor de la TV. Argentina - Australia, domingo, 6:15 a.m.

Lo miré. Por suerte comprendió enseguida y se fue a ver el partido al living, mientras yo refunfuñaba que el fútbol no tiene que ser deporte olímpico. ¿No tiene suficiente protagonismo durante todo el año? ¡Los juegos olímpicos son para el salto con garrocha, el atletismo y todos esos deportes que sólo vemos cuando los relata Bonadeo!

Terminé de quejarme y me volví a dormir, mientras él seguía gritando “¡Noooo!” y “¡Son unos muertoooos!”. Soñé que vivía en los vestuarios de un club de fútbol y nunca, nunca podía salir de ahí. Estaba forzada a ver todos los partidos hasta que me muriera, y desde mi hogar (que era un locker), escuchaba los gritos de las hinchadas y los técnicos todo el tiempo.

No vuelvo a comer caramelos después de las siete de la tarde nunca más,  o al menos hasta que termine Beijing.