Primero pensé que tenía la cartera verde armada, así que me convenía combinar a partir de ella. Después me dí cuenta de que quería ponerme un polerón de otro color, así que cambié la elección del calzado y la bufanda para que todo coordinara. Más tarde ví el pronóstico del tiempo y supe que debería elegir algo más liviano porque la máxima sería de 17 grados. Decidir qué ponerme hoy me llevó 20 minutos.

Elegir mi casa me tomó, en cambio, siete meses. Primero evalué con cuidado la zona y el dinero del que disponía en total para la operación. Hice un estudio de los medios de transporte que pasaban por las cuadras aledañas, la cercanía a avenidas y el costo del kilo de tomates en las verdulerías cercanas. Me cercioré de que estuviera a no más de 5 minutos de un centro médico y dos farmacias. También controlé el precio de las expensas, chequeé que hubiera lugar para el lavarropas, balcón para poner el tender, orientación Este-Oeste (luz todo el día), un gimnasio cerca e iluminación nocturna en la calle.

Soy una máquina sofisticada, imparable, certera para analizar variables y tomar la mejor decisión con respecto a absolutamente todo, desde la marca del jabón hasta la carrera universitaria que conviene seguir y el chocolate más grande con mayor porcentaje de cacao y menor presencia de grasas trans por un precio razonable y el kiosco de microcentro mejor ubicado para comprarlo.

Lo malo de este estilo de vida previsor es que tardo siglos en avanzar en mi vida, tal es mi afán de no dar un paso en falso. Conservo un trabajo choto para ahorrar y sacar un crédito hipotecario en 4 años pero busco todo el tiempo freelos para mantenerme actualizada, del mismo modo que me pongo siempre las mismas zapatillas cuando llueve para no arruinar más de un par y cuando llego a casa las relleno de papel de diario para que no se deformen.

El chango, en cambio, es operativo, no analítico. Es activo, no reflexivo. Le da lo mismo decidir sobre irse a vivir al exterior, empezar karate o comer tarta de acelga o de jamón y queso. Elige cualquier camisa con cualquier pulóver, no le importa si va a hacer frío o calor y se pone el montgomery de paño aunque vaya a comprar una gaseosa al almacén de la esquina. Puede levantarse a las cinco de la mañana o a las diez, y llegar a la conclusión de que lo mejor es hacer una maestría en México y dedicarse a la investigación, o descubrir que lo ideal es vivir en Salta cuidando un viñedo. Todo, usualmente, en el transcurso del mismo día.

¿Cómo puedo, entonces, estar en pareja con alguien que cambia su plan
a futuro con la misma frecuencia que su calzoncillo? ¿Cómo dejar pasar las decisiones impulsivas en la góndola del supermercado, que me dejan con un changuito lleno de latas de comidas preparadas, dulces importados y tres paquetes de galletas de arroz que nadie comerá pero sin leche ni queso? Pero sobre todo: ¿¡Cómo no tuve en cuenta este detalle cuando me emparejé con el chango?!

Si bien estas actitudes tan diferentes no generan muchos roces en la vida cotidiana -al menos no fuera de mi mente-, el drama empieza cuando hay que hacer algo de mayor dimensión como conseguir un departamento nuevo para mudarnos más cerca de nuestros trabajos.

El primero que vimos, por ejemplo, a él le pareció muy bien. Tenía un olor a humedad que volteaba así que dije que no. El segundo era tan oscuro que había que prender la luz a las dos de la tarde, pero él argumentó que con las lamparitas de bajo consumo no había problema y que total “sólo estaríamos dos años viviendo ahí”.

Cuando íbamos por el tercero, al chango ya le parecía que hacía siglos interminables que buscábamos hogar, y dijo que quería mudarse ya mismo. El baño no tenía bidet. Después quiso uno que tenía infame kitchinette, mientras que yo rechacé otro porque la ventana me parecía chica, y me fui indignada de un edificio porque la dueña me dijo que podía poner una soga en el baño y colgar la ropa ahí.

Para él, tribunales y San Cristóbal es “casi la misma zona“, 2 ambientes o 3 es “casi el mismo espacio para los muebles, a lo sumo regalamos los sillones“, el subte B o el H es “lo mismo, porque hacés combinación“. Para mí, 42 metros cuadrados y 43 son dos cosas diferentísimas, balcón y ventana son opuestos absolutos, y “vigilancia 24 hs” se traduce en “es apto profesional, entonces entra cualquiera y te roba, y encima son más caras las expensas“.

Como era de esperarse, yo tuve objeciones para cada uno de los lugares
que visitamos, mientras que él buscaba el número del flete ni bien nos
despedíamos de la chica de la inmobiliaria. Yo quería un lugar perfecto. Él quería un lugar.

Así estamos al día de hoy, cuatro meses y quince departamentos después de revisar por primera vez argenprop y buscainmueble. Hoy tenemos cita para visitar un dos ambientes bastante céntrico. El chango ya pidió un día en el laburo para mudarse, pero yo dije que si el lugar no tiene dos placares no me muevo de donde estoy. Él dijo que compramos un armario. Yo dije que sólo si tenemos un buen lugar donde ponerlo.

¿Qué estrategia debo adoptar? ¿Tendría que decir a todo que sí y mudarme de una vez? ¿Dos años es mucho tiempo? ¿La casa es sólo un lugar para dormir? ¿Vendo el lavarropas y me manejo con laverrap? ¿Tengo que relajar?

Ahora estoy viendo cómo me visto. ¿Conviene usar tacos, para parecer más seria, o chatitas, para parecer más simpática? ¿Cartera de cuero, para aparentar tener dinero o…?