Mi vida no fue siempre así. Nunca había tenido una pareja que durara tanto, ni había llegado a esta instancia de la convivencia. Hasta hace poco, éramos yo y mi circunstancia. Y no estaba nada mal.

Durante años comí del táper, dormí sin sábanas porque me daba fiaca ponerlas, trasnoché como si fuera desempleada, hablé por teléfono con amigas hasta quedarme ronca y me dejé crecer los pelos de las piernas, que alcanzaron largos sorprendentes.

Pero lo mejor de todo era, lejos, mirar televisión sola. Ya no quedan rastros de esa época dorada, es cierto, pero aún no puedo olvidar la mágica sensación de poder absoluto sobre el control remoto, esa libertad para cambiar de canal o dejar clavado en Sony o Discovery Home&Health todo el tiempo que quisiera.

¡Qué lindo era abrir una bolsa de confites y “cenar” en el sofá mirando Grey’s Anatomy, Enigmas Médicos, No te lo pongas, America’s next top model y demás basuras! ¡Qué alegría enorme encontrar La novicia rebelde y regodearme con las canciones por enésima vez sin sentir la sorna de ningún acompañante!

Ahora la programación es otra, y mis pulgares apenas guardan memoria
alguna de los botones que solían presionar en busca de la serie deseada. Las noches transcurren lánguidas, coloreadas por Boca vs. Independiente, Superagente 86, Boca vs. Lanús, Strip poker, Boca vs. Arsenal, Expertos en pinchazos, Fútbol de primera y Los caballeros de la cama redonda.

Con el tiempo he llegado a aceptar mi nueva vida, esta realidad alejada de los cálidos rayos catódicos pero llena de masajes en los pies, abrazos con olor a hombre y besos en el cuello; y hasta puedo decir que el saldo es positivo y el cambio es sano, que el Dr. Derek Shepherd puede seguir sin mí y que ya sé elegir pantalones que disimulen mis caderas.

Pero eso no quiere decir que no haga trampa de vez en cuando. Algunas noches, cuando el chango se va a ensayar con la banda o tiene clase de
inglés, me saco el traje de concubina y vuelvo a ser simplemente Elena por un par de horas. Envuelta en mis viejos joggings, en chancletas y con un tarro de cuadraditos de avena abajo del brazo, me reencuentro con el control remoto. Entonces, revivo sin culpas mi romance con el agente Fox
Mulder, escucho otra vez los consejos de Trinny y Susannah y lloro a moco suelto cuando Meg Ryan se da cuenta de que Tom Hanks es el que le mandaba los e-mails.

Y ya quedo lista para otra ronda de Mingo y Aníbal contra los fantasmas.