Así como en un grupo de amigos o de compañeros de facultad todos hablan más o menos parecido, cuando estás mucho tiempo en pareja es inevitable terminar pareciéndote al otro en algunos hábitos.

En todo este tiempo, yo aprendí a diferenciar entre asado común y asado americano, a mirar fútbol en un bar lleno de viejos y gritar “¡¡Ponelo a Lavessi!!”, a elegir un salamín picado fino y a no preocuparme si el ténder queda en el medio del living por cinco días.

Él, por su parte, se contagió un poco de mi histeria por mantener la cocina impecable y se fue a costumbrando a poner en el canasto la ropa que es para lavar (bueno, esto último sigue costando, pero no hay que perder las esperanzas). Y para mi sorpresa, también adhirió a mi cruzada personal por encontrar el precio justo y no dejar que me estafen.

Ayer, por ejemplo estábamos volviendo al conurbano desde Barrio Norte cuando, al mejor estilo Chango, me empecé a quejar de hambre como un bebé llorón:

Elena:
Me siento mal, tengo hambre, ay, me está bajando la presión, no como desde el mediodía… ¿Me comprás un pancho?
Chango:
¿Qué pancho querés?
Elena:
No sé, nunca comí pancho en la calle. Le quiero poner esas papitas…
Chango:
Bueno, dale, ahí hay un kiosco, pero no sé si tienen papitas. Te compro un pancho común y vamos a casa.

Chango:
¿Tenés pancho, papi?
Kiosquero de Barrio Norte pero que también venía del conurbano:
Sí.
Chango:
Dame dó.

Yo sonreía, contenta, porque iba a comer pancho del maxikiosco y me iba a acercar aún más a la identidad de mi concubino, que sospecho come pancho de maxikiosco desde 1991.

Pero entonces el kiosquero empieza a armar los panchos. El primero le sale bien, aunque me da la sensación de que la salchicha está un poquito hinchadita, como si hubiera estado en el cosito de los panchos desde la mañana. Cuando va con el segundo, efectivamente se le rompe la salchicha.

No decimos nada. Él, creo, porque no se dio cuenta o le da lo mismo; y yo porque quiero adaptarme. No quiero ser de esas personas que se quejan todo el tiempo por nimiedades porque tengo miedo de que todos se den cuenta de que soy una maniática, así que me quedo callada, mientras el kiosquero deposita media salchicha rancia sobre el pan y, con la pincita, surfea el agua turbia en busca de la otra mitad.

Esta operación me parece interminable. Mi concubino va a pagar $2,50 por una salchicha vieja, y yo no puedo decir nada, porque sólo a mí se me ocurre comer un pancho en Barrio Norte, donde los panchos deben tener poca salida.

El kiosquero sigue buscando el pedazo de salchicha que falta, ligeramente irritado. Cuando puede pescar uno, ve que no es el que corresponde al que tiene en la mano, sino que es la mitad de otra salchicha que también se le ha roto. El tercer trozo que saca es el correcto, y, chocho, lo coloca brutalmente en el pan manoseado.

Y en ese momento, ocurre lo inesperado:

Kiosquero:
Cinco pesito.
Chango (incrédulo):
… ¿Me vas a dar el roto?
Kiosquero (mirada de “obvio que te voy a dar el roto”):

Chango (indignadísimo):
¿Me estás cargando? ¿¡Te voy a pagar 5 pesos por dos panchos pasados y
me vas a dar el roto?! Andate a cagar, ladrón, vamos Elen, nos vamos de acá.

Kiosquero:
Eh… ¡No, pá.. eh.. señor, señor, no se vaya… le cambio el pancho!

Haciendo oídos sordos a los gritos del kiosquero, el hombre de mi vida me agarra del brazo y me arrastra hacia la calle, donde sigue vociferando:

Chango:
¡Pero qué se piensan! ¿¡Que como están en Barrio Norte la gente les va a pagar cualquier cosa!? ¡Encima me iba a dar el roto! ¡Además de pasado, roto! ¡Caradura! ¡Te quieren cagar!

Elena:
Te amo. Comamos un paty en Correo Central.
Chango:
Excelente idea.

Nos alejamos por Callao, abrazados y satisfechos; yo pensando en el paty grasoso, humeante y bromatológicamente cuestionable que me iba a lastrar sin culpas, y él seguramente orgulloso de haber defendido sus derechos como consumidor en un mundo capitalista que sólo busca el beneficio monetario.