Tener una vida íntima verdaderamente íntima en un departamento puede ser complicado. No es fácil combinar noches de pinguipingui desenfrenado y discusiones acaloradas con las frágiles paredes de las cajitas de zapatos que nosotros, bichos urbanos, solemos habitar.

Imagino que ese es el caso de mi nuevo vecino, que hace unos días gritaba “¡Quiero más, soy colita pedigüeña!”, o el de los chicos del piso de abajo, que discuten todo el tiempo porque él quiere que su madre vaya a vivir con ellos así ahorran un alquiler y pueden comprar un auto en cuotas.

Y ni hablar de los viejos del cuarto. Ella le pega porque cree que él la engaña con la secretaria, y él siempre llora a gritos y todos nos enteramos. Después van a misa, dos veces por semana.

Quizás los constructores debieran pensar un poco más en la privacidad de la gente y levantar muros más gruesos, como los de los edificios de los ‘50, o al menos elaborar alguna estrategia para que el dormitorio de uno no quede separado del de un vecino por unos ínfimos 15 cms. de pared berreta.

También supongo que para evitar que los habitantes de los demás departamentos sepan todo de la vida de uno, uno podría intentar mantener bajo el nivel de su voz, o dejar prendida la televisión las 24 horas del día para disimular los ruidos, pero nadie puede vivir así, y entonces pasan cosas como esta.

Resulta que después de unos días bastante agitados, agotadores, larguísimos, llenos de viajes en transporte público en hora pico y discusiones con empleados de la obra social, decidimos liberar nuestras tensiones de la manera más, tradicional y efectiva.

Sobre el final del primitivo pero siempre tan satisfactorio acto consumado en el living:

Chango:
¡Síiiiiiiiiiiiiiiii!!! ¡¡Esto es lo mejor que me pasó en la vida!!!!
Elena:
¡Es lo más! ¡Hagámoslo más seguido! ¡Wohoooooooo!
Chango:
¡¡Más, más!!!

**explosión**

Chango:
Sos buenísima.
Elena:
No, el grosso sos vos.
Chango:
No, vos, ¡BOMBA ERÓTICA!
Elena:
Ay bueno, los dos.

**fiussshhhhh - papel por debajo de la puerta**

Chango (!!):
…. las expensas… llegaron las expensas.
Elena:
¡¿El tipo estuvo ahí todo el tiempo?!
Chango:
¡Qué se yo! ¡Las acaba de tirar, qué se yo si estaba en el palier desde antes o si recién llegó!
Elena:
Escuchó todo. ¡Seguro! Ahora no le voy a poder ir a hablar nunca más, ¡me va a dar vergüenza! ¡Edificio de mierda, se oye todo!!
Chango:
Peor él, que se queda escuchando.
Elena:
Bueno, por ahí no quiso interrumpir…

Dos minutos más tarde, cuando bajé a sacar la basura, el admnistrador (Roberto, 45 años, buzo de rugbier color verde botella, jean celeste, pelado, anteojos, panza) estaba todavía ahí, poniendo en orden unos papeles. No supe cómo saludarlo, pero no hizo falta.

Roberto:
Hola, bebota, ¿cómo estás?
Elena:
Eh… qué tal Roberto, cómo le va…
Administrador:
Bien, muy bien, pero veo que a vos te va mejor, iba a pasar a ver el techo del baño a ver si se te filtró humedad de arriba, pero me pareció que estabas ocupadita… jeje, la próxima invitame, ¡mejor vos y no ese vecino tuyo que quiere por atrás porque yo soy bien macho, eh! ¡Macho arrrrgentino!
Elena (!!):
… Chau, Roberto.
Roberto:
Chau, bombita.

Bueh, qué se yo… por lo menos no estábamos hablando de gases o patinadas en el inodoro. Para la próxima pongo música funcional.