¿Se acuerdan de las polleras-pantalón? ¿De los champúes 2 en 1? ¿De las camperas reversibles? ¿Del chupetín con chicle globo? Siempre me gustaron esos grandes productos que apuntan a satisfacer varias necesidades a la vez.

El Chango es una especie de cono combinado, de esos que dejan contentos a los indecisos. Puede tocar la guitarra, pelar un salamín, hacer un asado y apreciar un perfume importado, todo con la misma naturalidad, y a mí me encanta, porque siento que por el mismo precio tengo diez hombres diferentes.

El sábado a la mañana, sin ir más lejos, todos esos contrastes convergieron como los colores chillones de una blusa hindú.

1.

Interior - Correo - Día

Estamos esperando para enviar una carta documento. Tenemos el número 16, y por suerte no hay mucha gente delante de nosotros. Llaman al 15, y una chica se acerca enseguida a la ventanilla.

El chango se sube la capucha del buzo deportivo, se adelanta y la corre con el brazo, iracundo:

Chango (a la chica y después a la cajera):
MOMENTITO MOMENTITO eh, ¿Qué número llamaste?
Elena (muerta de vergüenza, en un susurro):
El 15, amor, nosotros tenemos el 16…
Chango (a la chica):
Y vó ¿qué numero tené, a ver?
Chica:
El 17.
Chango (a los gritos):
¡Entonces para qué pasás si llamó el 15! MI MUJER TIENE EL 16. Pasá, mi amor, pasá que te toca a vó, no a la piba, que no sabe contar. ACÁ ESTÁN TODO’ APURADITO’, PARECE, Y SE QUIEREN HACER LO’ VIVO’.

La chica vio las zapatillas deportivas del chango, se corrió para atrás aterrada y yo pasé e hice mi trámite con tranquilidad, protegida por mi caballero fuerte de provincia que me cuida, siempre.

2.

Exterior - Calle - Día

Salimos del correo y caminamos unas cuadras al sol, relajados. Le aclaré al chango que debíamos volver a casa pronto porque yo quería prepararme para un compromiso. Él asintió y dijo que hacia allí estábamos yendo.

Sin embargo, noté que estaba haciendo un rodeo de varias cuadras, cosa muy poco común por cierto. Le recordé nuevamente que necesitaba volver a casa, y él reiteró que estábamos caminando en esa dirección.

De repente se paró en una zapatería paquetísima que yo nunca había visto, al lado de una sastrería ídem. La vidriera exhibía pañuelos de seda italiana, bolsos y maletines de cuero y calzado finísimo. Cual chiquilín que mira de afuera, el chango suspiró:

Chango:
¡Ay, mirá lo que son esas botitas! ¡Me muero! Me encantan así, con cordones pero de vestir para usar con unos jeans no muy anchos, azul oscuro. ¿No te encantan? ¡Y mirá esos marrones! ¿Y si los saco en cuotas?
Elena:

Chango (como loco):
¿Negros o marrones? En realidad necesito los dos, ¿vos qué pensás? Botitas me gustan negras, más Beatle… aunque también me gustaría hacerme un traje a medida, que te re estiliza. Ay, no sé, salen caros pero mirá la calidad, un zapato así te dura toda la vida, es cuero de primera, bien terminado. Además está bueno combinarlos con algo informal, ¿no?

Elena:
No sé, Carrie, vos sos la experta…
Chango:
En serio. Los zapatos dicen todo. Por ejemplo ¿por qué no usás tacos vos? Te alargarían las piernas y podrías usar vestiditos acampanados y unos anteojos bien grandes ¿no?

Elena:
Me encanta cuando te hacés el Ante Garmaz. Cancelo todo, llevame al shopping.

Chango:
Dale, pero antes pasemos por casa que me cambio, ¡estoy reee croto!

Coronamos la tarde con unos tés de Inés Bertón, que el chango decidió acompañar… con unos sanguchitos de matambre.