Toda mujer con algo de experiencia en hombres -novios, familiares, amigos- sabe perfectamente cómo actuar cuando ellos padecen una gripe o cualquier tipo de malestar.

Es muy sencillo. Durante el día llamaremos incesantemente al enfermo, que automáticamente se asumirá bajo nuestro cuidado. Le llevaremos la golosina que quiere, compraremos el té con paracetamol y pseudoefedrina de su preferencia y le alcanzamos a la cama todos los vasos de agua que nos pida.

Un recuerdo muy vívido de mi infancia tiene como protagonista a mi madre despeinada y al borde de un colapso nervioso diciéndome con una taza de té vacía en una mano y una caja de pañuelitos de papel en la otra: “Hijita, ya sé que querés que te ayude con la tarea, pero papá está resfriado así que hoy y mañana van a ser días difíciles para mamá… ya vas a entender cuando te pase. Yo sé que te podés arreglar sola, confío en vos”. Nunca la había visto tan alterada, ni cuando se operó el quiste de ovario y después se le saltaron unos puntos, ni cuando nació mi primo y tuvo que estar un mes en incubadora, ni cuando nos entraron a robar y nos desvalijaron la casa. Nada pareció perturbar jamás su templanza, salvo mi papá y sus gritos desde la habitación.

Cuando un hombre está enfermo, sencillamente planificamos nuestro día en torno a él, y esto no es ninguna novedad. Pero la cosa se pone un poco más… demandante (agotadora, desgastante, irritante, insoportable, me vuelvo loca) cuando nuestro muchacho se descompone durante la noche.

Anoche me encontraba yo planeando suavemente hacia la tierra de los sueños, donde me esperaba Axel con una pila de sábanas recién lavadas, una soga interminable bañada por el sol y miles de suaves broches de madera, cuando una voz masculina me trajo de golpe a la realidad de mi cuarto.

- ¡¡¡OOOOOOOAAAAOOOUUUUUH!!!- me gritó el chango directamente al oído. Me despedí de Axel con la promesa de que en un par de horas tenderíamos la bianquería juntos y me incorporé para ver qué demonios le pasaba a mi concubino a las 2 y veinticinco de la madrugada.

Elena:
A ver. ¿Tenés cólicos?
Chango:
¿Qué es cólicos?
Elena:
Si te duele la panza, papi, ¿tenés retorcijones?
Chango:
Sí, sí, tengo, es caconga pero también tengo ganas de vomitar…
Elena:
Bueno, mirá, tenés un típico cuadro de gastroenterocolitis. Andá al baño, después tomate una pastilla de carbón, y mañana tomá mucha agua porque con todo este toletole intestinal te vas a deshidratar. Cualquier cosa me despertás, ¿sí?

Chango:
Cómo… ¿Te vas a dormir? ¡Me siento mal! ¿Y si me pasa algo?
Elena:
Va a estar todo bien, amor, va a estar todo bien.

Lo arropé, me dí vuelta y creo que llegué a dormitar porque alcancé a escuchar una suave voz que me cantaba, lejana “….amo lo que amas yo te am…¡TENGO GANAS DE VOMITAR!!!”, volvió al ruedo el chango. Eran las 3 y diez.

Elena:
Bueno, amor, vamos al baño.
Chango:
No, voy solo, estoy grandecito ya para que me trates como un nene, pffff, encima que me siento mal me tratás como un nene.

Elena (?!):
Bueno, te espero acá entonces.
Chango:
No, mejor esperame afuera del baño, por las dudas…

El episodio se repitió a las cuatro y cuarto, a las cinco y a las seis. Le llevé agua, le hice un té, le dí buscapina y carbón. Le prendí la tele y le hice mimitos en el cuello hasta que se durmió, y cuando sonó el despertador a las siete de la mañana me levanté para ir a trabajar sin haber pegado un ojo en toda la noche.

Chango:
¿No te podés tomar el día y te quedás a cuidarme?

Tentador, todo un día en casa. Posible, e incluso avalado por mi jefa, para quien lo primero es la familia -tiene cuatro hijos y no viene nunca a trabajar-, evalué la posibilidad. Vislumbré infusiones, medicamentos, promesas de que todo saldría bien y el chango no moriría de gastroenterocolitis, sopas con fideos munición, reclamos, pedidos, quejas… y por primera vez en mi vida desoí el grito ancestral de generaciones enteras de mujeres, ignoré el llamado de mi instinto maternal y rompí mis cadenas.

Elena:
Imposible. Quedate durmiendo. Tomá mucho líquido. Nos vemos a las nueve, cualquier cosa llamás a tu mamá.

Y me fui, dispuesta a dormir cuarenta minutos en el colectivo y por fin asistir a mi cita con el ídolo pop que ama mis aromas, mis fragancias…