El chango es un hombre muy capaz. Es inteligente, rápido, eficiente. Con sólo mirar cómo se desarrolla un proceso él puede repetirlo más tarde con total exactitud, y así aprendió a hacer arroz con salsa bolognesa, a planchar un pantalón de jean y a copiar un DVD.

Pero el tema del lavado y secado de ropa es otra historia, y la batalla del hombre contra el suavizante líquido tuvo su segundo round este fin de semana, esta vez con una víctima fatal.

Llegando a casa el sábado a eso de las siete, siete y media de la tarde, a veinte metros de la puerta de mi edificio miré hacia abajo para buscar en el bolso mis llaves. En la vereda había una media blanca con conejitos rosas -mi media blanca con conejitos rosas. Sin sorprenderme en lo más mínimo pero con algo de curiosidad, entre y subí por el ascensor.

Abrí la puerta de casa y caminé directamente al balcón, para ver si había allí alguna respuesta.

Lo que encontré fue horrible. Una especie de escultura posmoderna de cañitos blancos enroscados de las maneras más caprichosas que en algún momento había sido mi tender, envuelta en trapos sucios que alguna vez habían sido prendas de vestir de colores claros recién lavadas.

Mi sweater de hilo lila tenía atravesado uno de los fierros del tender. Las remeras celestes y grises estaban manchadas de barro, tierra, pasto. Faltaba la otra media.

Como pude, me dispuse a pedir explicaciones.

Elena:
Amorcito… mi amor… ¿Podés venir un segundito?

Enseguida apareció el chango en calzoncillo y ojotas. Su cara gritaba a los cuatro vientos: culpable.

Chango:
¡Hola hermosa! ¡Qué linda estás! ¿Te planchaste el pelo?
Elena:
Sí. Decime, mi amor… ¿Tendrás idea de qué le pasó al tender…?
Chango:
¿Qué tender? … ¡Aaah, nuestro tender! Mnno, ni idea, ¿por?
Elena:
Bueno, mirá, básicamente parece haber recibido una golpiza salvaje y/o participado en una lucha en el barro… ¿Se te viene algo a la mente, mi amorcito?
Chango:
Ay, bueno, mirá… yo te voy a explicar ¡pero no te podés enojar, eh!
Elena:
Empezá ya.
Chango: 
Resulta que yo había lavado la ropa. Puse el jabón y el suavizante donde decían tus cartelitos, todo.
Elena: 
Ajá…
Chango: 
…Y después, cuando cortó el lavarropas, entré el tender y colgué toda la ropa y justo sonó el teléfono y era el Gonza que se compró una moto, entonces me puse el tubo en el hombro y salí al balcón con el tender cargado y me tropecé con el zocalito de la ventana y como no quería que se me cayera el teléfono no sabía cómo hacer y trastabillé y… se me cayó el tender por el balcón.
Elena:
 … ¿Se te cayó un tender lleno de ropa cuatro pisos hasta la vereda?
Chango:
Y… ¡Sí! ¡Obvio! ¿¡Qué te estoy diciendo!?
Elena:
¿Y la media que falta?
Chango:
¡La tiré! Pensé que si no la veías no te ibas a dar cuenta de que se me había perdido la otra! ¿Estás enojada?
Elena:
No. Te sigo queriendo. Pero me tenés que comprar unas medias nuevas. Y que tengan los mismos conejitos. O también pueden ser florcitas.