¿Quién no ha salido del baño, en pelotas y con el pantalón en los tobillos, insultando a viva voz porque “alguien” no había cambiado el rollo?

Levante la mano el que nunca se sintió un gil apretando el pomo de dentífrico hasta quedar con los dedos morcilla porque no tiene casi nada y nadie puso uno nuevo. ¿Y cuando abrimos el frasco y no hay más café?

Qué insoportable cuando se termina un elemento que necesitamos. Y para las mujeres, encima,  se abre otro abanico de posibilidades: Quedarse sin tampones/toallitas, quedarse sin desodorante, quedarse sin crema para las piernas, quedarse sin demaquillante, quedarse sin yogur para el tránsito lento.

El tema es que cuando se están por acabar el rollo de cocina, el agua saborizada, la leche, el limpiador antigrasa, el detergente etc., cualquier persona más o menos normal compra uno nuevo y lo pone en cercanías del producto agonizante, para evitar un posible contratiempo. Entonces, cuando se nos muere el jabón, sencillamente agarramos el de repuesto que está ahí al lado y nos seguimos bañando tranquilamente.

Todo esto en un mundo ideal, porque en el país del concubinato sucede algo muy diferente.

Las que compartimos el techo con un especímen del sexo opuesto vivimos una realidad que nada tiene que ver con la lógica o el uso de la razón. En mi casa, por ejemplo, jamás pongo un producto nuevo al lado de uno que está en uso, porque sé que cuando vuelva a mirar estará abierto, probablemente destapado, y tendré entonces dos gaseosas a medio tomar perdiendo gas en la heladera.

O habrá en el baño dos tubos de dentífrico destapados apretados por el medio -el que inventó que somos las mujeres las que llevamos adelante esa práctica infame merece la cárcel-, dos bolsitas de queso rallado abiertas con los dientes en la cocina junto a dos paquetes de yerba con las esquinas cortadas y varias bandejitas de fiambre sin su plástico protector.

Y ni hablar de las tarjetas de colectivo. El chango, por ejemplo las tiene todas en la billetera, usadas, y no tiene ni idea de qué saldo hay en cada una. Si le pido una para viajar al otro día y no usar las monedas, me da cinco y me dice “fijate si alguna tiene”.

Mi padre, por su parte, toda la vida se dedicó a abrir sistemáticamente nuevos frascos de mermelada. Divorciado, solo o con matrimonio nuevo, en su refrigerador siempre hubo al menos tres, en diferentes estantes y en general del mismo sabor.

Para mi hermano, en cambio, el tema pasaba por el pan lactal. Las últimas cinco rodajas eran indeseables, así que directamente agarraba uno entero, fresquito. Con los meses, las bolsitas con las rodajas discriminadas se iban juntando hasta que con todas sumaban un pan familiar que había que tirar porque estaba lleno de moho.

Estos comportamientos se repiten en hombres de todas las edades y estados civiles, y la verdad es que no logro entender, porque una cosa es preferir un plasma antes que un TV de tubo, o elegir un C3 antes que un UNO modelo ‘97, pero:

¿Por qué no pueden esperar a que se termine el shampoo que está en uso para abrir uno nuevo? ¿Por qué siempre dejan el viejo ahí? ¿Un queso blanco por la mitad es peor que uno sin abrir? ¿A la mitad del pote se pone feo o algo? ¿Hay algún placer oculto en destapar una botella por primera vez? ¿Salen duendes malvados de adentro de un tarro de mayonesa empezado?

¿Eh?