Cuando estaba en el jardín de infantes me gustaba Pato porque era el que más rápido corría. No había ningún niño de pintorcito azul que pudiera ganarle a la mancha, ni a la escondida, ni mucho menos vencerlo en una carrera de velocidad, claro. Pato era, además de rápido, malo, gritón, violento y sólo podía dibujar usando una regla porque decía que “las cosas torcidas estaban mal”, pero nada de eso importaba porque tenía las piernas más rápidas del condado.

Ya en la primaria, el dueño de mi corazón fue Nico, que era mágicamente alto, cabezón y hacía buenas ilustraciones para los textos de literatura. De hecho, tenía un paquete de 36 fibras importadas que me hizo delirar por años.

En plena adolescencia llegó S.R., con sus claritos y el acento norteamericano que impostaba cuando hablaba inglés y me volvió estúpidamente loca.

Así hubo unos cuantos más, que me sedujeron con cualidades que nada tienen que ver con los parámetros sociales de levante. Unos zapatos celestes y un sombrero, un libro de fotos de inodoros del mundo, un chiste pornográfico contado delante de un jefe malaonda, una actuación desfachatada en un karaoke, un comentario sobre la escuela de Frankfurt o la capacidad de enumerar qué personajes son de Marvel y cuáles de DC comics… el sinfin de cosas que pueden hechizarnos es surtido e inexplicable.

Sin ir más lejos, el chango me gusta porque tiene las manitos chiquitas y parece que se le va a caer todo cuando lo agarra. Cuando toma café levanta el brazo entero hasta colocar el codo a la altura de la cara. Además ordena alfabéticamente las películas y los librosy sabe mucha trivia del rock de los ‘70. Y la primera vez que fuimos a comer juntos, después de vermr luchar con una porción de muzzarella un poco pasada de cocción y un cuchillo berreta me dijo, relajado, ”tranquila, chiquita, comela con la mano“. Adorable.

Pero lamentablemente, después de toda una vida de pasar por una mujer cuerda y racional, mi mentira quedó al descubierto esta mañana:

Chango:
Anoche soñé que me dejabas, que íbamos a una fiesta y vos estabas con tu novio y no era yo.
Elena:
¡Qué feo! ¿Y mi novio estaba bueno?
Chango:
Era Pablo Novak.
Elena:
¡Ay, me encanta Pablo Novak! ¿Y vos me hablabas?
Chango:
Sí, yo te iba a saludar y vos me decías “andate, ahora estoy con Pablo Novak”, y yo te preguntaba por qué y vos me decías “él es un hombre de verdad y me defiende”.
Elena:
No entiendo, ¿de qué me defendía?
Chango:
De unos que te habían querido bardear, yo qué sé el iba y les decía “eeeh qué te pasa amigooo”, pero ves, a las minas no les gustan los tipos porque son lindos o inteligentes, les gustan por las cosas más ridículas.
Elena:
Bueno, pero Pablo Novak tiene una nariz grandota y toca el piano y estaba en ese programa tan divertido de unos jóvenes que tenían un duplex…
Chango:
¡Ves! Ya fue, no voy más al gimnasio.