Ayer camino al banco pasé sin darme cuenta por la casa donde vivía antes del concubinato y antes aún de mi soltería adulta. Pensé que me conmovería porque ahí pasé muchos años y tuve que mudarme a las apuradas, pero la verdad es que no me pasó nada. Me pareció una casa como cualquier otra, de cualquier otra familia disfuncional y en cualquier otro barrio de cualquier otra ciudad.

Me acordé entonces de cuando me echaron de mi último laburo y no hablé más con mis compañeros. Durante cuatro años  habíamos compartido los días hábiles en la misma oficina, que inmediatamente después de juntar mi taza y mis biromes tenía la misma calidez que un shopping de palermo. Habíamos tomado mate, conversado sobre nuestros problemas, y desarrollado un sistema de chistes internos envidiable, pero el último viernes a las 18 ese grupo no fue más que un puñado de desconocidos, con los que apenas intercambio un “holaquétal” escueto cuando nos cruzamos en algún evento.

Con las parejas pasa exactamente lo mismo. Desde el momento en que dos personas toman la decisión de separarse, se convierten en completos extraños. Es como si el otro se escindiera, y por un lado quedara una imagen llena de conexiones al pasado, y aparte, bien lejos, estuviera su cuerpo, con su esqueleto, todos sus órganos y una manera particular de hablar y de combinar la ropa. Al primero lo sepultamos lo antes posible, y al segundo prácticamente no lo reconocemos cuando nos lo chocamos accidentalmente por la calle, porque no hay nada más ajeno a uno que alguien a quien ya no se ama o a quien ya no se puede amar.

Muchas veces, conversando con amigas después de alguna separación mía o de ellas, nos preguntamos cómo es posible sentir con tanta claridad que el hombre con el que miramos miles de películas, con el que hicimos el amor miles de veces, al que le cocinamos miles de comidas y al que acompañamos miles de domingos a ver a su madre sea un extranjero absoluto.

¿Fue genuino lo que sentimos si ahora somos incapaces de evocarlo? ¿Fue en verdad tan intenso, si ahora no nos genera ninguna emoción aparente y sólo nos pone incómodos?

Creo que la prueba más certera de que lo que nos pasó fue verdadero y dejó marcas profundas es, justamente, que necesitamos enterrarlo con urgencia ni bien se termina. Es nuestro instinto de supervivencia el que nos rebana al otro como con una sierra de carnicero y trata de evitarnos una agonía larguísima plagada de llantos nocturnos y borracheras violentas. No se puede sufrir eternamente, y entonces suturamos y seguimos adelante con la cicatriz.

Por lo pronto, no voy a volver a pasar por esa casa, ni tengo intenciones de acercarme a mi vieja oficina.