Asumámoslo, todos tenemos mañas o hábitos desagradables que realizamos en la intimidad de nuestro hogar.

Si se trata de confesar cosas espantosas puedo empezar yo misma, no hay problema. Los sábados, después de una semana de juntar mugre, limpio los pisos de mi casa con un trapo embebido en un producto genérico. Levanto toda clase de porquerías y, una vez que termino, lo enjuago en el bidet. Sí. Donde otros se lavan la cola, yo enjuago mis trapos de piso.

Por otro lado está el marido de una amiga, que se sirve yogur varias veces -y en el transcurso de distintos días- en el mismo vaso sin lavarlo jamás.

Y eso no es nada. Conozco a alguien que en vez de cortar las empanadas con un cuchillo y comerse la mitad, las va mordiendo hasta que no quiere más y guarda los pedazos que quedan en la heladera, apoyados directamente sobre el mismo estante en el que pone el plato con lo que sobró del arroz del perro.

Lo que quiero decir es que cosas asquerosas hacemos todos, y no hay que juzgar. Cada uno tiene sus particularidades, y es saludable aceptarlas junto con todo lo demás, porque de eso se trata la vida.

Por eso, yo no me enojo cuando encuentro el alicate y esas tiritas curvas, bien gruesitas, color beigecito y con un poquito de tierra, perfectamente apiladas sobre la mesita del living, que es donde comemos. Lejos de quejarme, celebro con alegría el hecho de que el chango se preocupe por cortarse las uñas de los pies. Significa que, dentro de sus limitaciones, se esfuerza por cuidarse.

A veces quedan en el suelo y yo las piso y me pincho, pero me pongo contenta, porque eso quiere decir que no voy a recibir heridas peligrosas mientras duermo y él da vueltas en la cama.

Incluso a veces le digo que no se las corte, que si nos vienen a robar él puede usarlas para atacar a los ladrones, y él se ríe y me dice que no, que él siempre estará prolijo para mí, y yo lo beso y lo amo.

Claro que él no sabe lo del trapo de piso…