Cuando uno empieza una relación hay muchas cosas que no tiene en cuenta. Y no me refiero a si a uno le gusta comer bife a la plancha y el otro es fan de los hornitos con aceites esenciales; ni si a uno le gusta levantarse temprano el domingo y el otro prefiere dormir hasta las tres.Tampoco a si uno es adepto del mañanero y otro del siestero, y mucho menos.

Llega diciembre, y con él el clima festivo. Calor, clericó, ensalada waldorf, capitalismo, gastos desmedidos, excesos, transpiración, discusiones familiares, alcoholismo, saludos hipócritas, oportunismo comercial y subas de precios, estrés.

Algunos de nosotros lo llevamos peor que otros. Los astros colisionan, y no precisamente al estilo comedia romántica, cuando se juntan un navideño con un odiafiestas o grinch.

El navideño adora las fiestas de fin de año. Llena la alacena de turrones importados, hace 30 km con el auto hasta su panadería de la infancia para comprar un pan dulce especial que come desde que tenía diez, arma el arbolito con la alegría de quien acaba de ganar un millón de dólares en un concurso y también pone el pesebre, planifica cada regalo y comenta todo el tiempo, con quien tenga al lado, cosas como “¡Qué linda esta época!” o “Es un momento para compartir con la familia”. Quiere pasarla con todos, va a todas las reuniones a las que lo invitan y manda por e-mail una tarjeta de fin de año con el Papá Noel más cocacolero que pueda encontrar y las palabras “próspero”, “felicidad” o “augurios”.

El grinch, en cambio, teje las estrategias más elaboradas para esquivar a la suegra, a los cuñados y, claro, a su propia familia. Es el que cada octubre dice “este año me voy afuera”, o “no voy a estar para las fiestas, no cuenten conmigo”, como si los demás ansiaran su compañía. Detesta comprar regalos en diciembre y es alérgico a la mayonesa, aunque probablemente se da atracones de maní con chocolate cuando nadie lo ve. No tiene arbolito, y si tiene es uno de esos que vienen armados y miden 20 cm. Suele excusarse de los brindis y las cenas con gente del trabajo, y jamás regala nada que cueste más de $10.

Vengo de una familia íntegramente compuesta por gente Grinch. Mi abuela se queda sola en su casa, mi mamá se pelea con el novio, mi viejo se va a la costa. Nos regalamos vinos, cremas para la celulitis o sobres con dinero, y ponemos buena voluntad para que todo pase lo más rápido posible, sin cursilerías ni rituales absurdos. Sin ir más lejos, el otro día hablé por celular con mi madre y ella fue bien clara:

Madre:
No sé, Elen, qué se yo, es un quilombo, no conseguí nada en la costa así que nos quedamos y ahora tengo que comprar los helados y encima nosotros somos dos y tenemos que llevar un montón de cosas, y el resto van como seis por cada grupo y llevan una ensaladas o un vino. ¡Un vino y van seis! Me estoy volviendo loca, mejor voy a comprar unas gaseosas por las dudas, porque la zorra de la mujer de Carlos va a empezar con que no toma alcohol y que quiere una limalimón me va a romper las pelotas. Ella, ¡que lleva una rusa hecha con jardinera tiene pretensiones!. Viene en la 4×4 y trae una jardinera, bueno, te dejo que una vieja de mierda se me está colando. ¡A Ver señora si se pone en su lugar!!!
(click).

Ahora bien, como no podía ser de otra manera, el Chango es navideño 100%. Todos los años me pide que le compre un arbolito y que lo armemos juntos el 8 de diciembre, compra regalos hasta entrar en default y siempre me organiza giras interminables al estilo “pasamos el 24 en lo de tu vieja y después vamos a brindar con tu papá y nos pegamos una vueltita por lo de la tía Liliana que vive ahí nomás, y el 25 comemos con mamá y a la tarde vamos a comer un pan dulce a lo de la tía Elsa. Después a la noche podemos pasar por lo de mis primos y liquidamos lo que sobró, ¿dale? De paso le llevamos unos juguetes a los nietos de doña Emilia, que me cuidaba cuando era chiquito”.

Yo pataleo, me quejo y me pongo de mal humor. Lo máximo que puedo lograr es respirar hondo y saludar con un nivel aceptable de alegría fingida. Me resigno a adelgazar la billetera por personas que no lo merecen o que ni conozco e intento no caer en un pozo depresivo demasiado profundo por no haber alcanzado ninguno de mis objetivos y seguir varada en la chata mediocridad profesional y económica. Trato de concentrarme en algo bueno que me haya pasado, sin demasiado éxito porque soy naturalmente pesimista, pero me consuelo con saber que todo terminará en un par de semanas y sólo hay que tener paciencia, total es siempre lo mismo.

De hecho, este año también estaba preparada para las discusiones que tenemos tradicionalmente con el Chango sobre su necesidad de brindar hasta con el dentista y pretender arrastrarme con él, y mi agreteamiento estival malaonda. Pero lo del último viernes fue inesperado.

Entro al edificio y en el ascensor veo pegada una tarjeta con un trineo lleno de regalos decorados con brillantina. Divertida, la abro para leer la inscripción. No tan divertida compruebo que dice “Felices fiestas a nuestros vecinos, Chango y Elena, 4to B”.

Espantada, llego a la puerta de nuestro departamento y veo con horror una de esas coronas de pino sintético, con campanitas doradas, un moño rojo y… la cabeza de un reno de plástico.

No quiero entrar, pero lo hago, y el espectáculo es…

Un pino de 1,40m color rosa, decorado con bolitas y más moños al tono, copos de algodón (digo, “nieve”) y una estrella plateada en la punta. En los marcos de las puertas hay guirnaldas, también rosas, y sobre la mesa hay velas perfumadas del mismo color. En un rincón del living encuentro varias bolsas con jabones, aceites esenciales y revistas envueltas en celofán. Me recibe el Chango, con besos y pasitas de uva con chocolate.

Chango:
¡Sorpresaaaaaaa! Me cansé de esperar a que compraras un arbolito y decidí regalártelo yo. ¿Qué te parece? Es todo para vos, para que te guste la navidad. Te despisté con el reno de la puerta, ¿no? ¡Yo sabía! ¡Sos poco festiva! Este año hacemos lo que vos quieras.

Parece que los grinch podemos convertirnos en navideños de vez en cuando… aunque sin exagerar, eh, la tarjeta del ascensor la tiré a la basura, no vaya a ser que mis vecinos que me mojan el balcón cuando riegan las plantas piensen que los estimo.

Felices fiestas, queridos lectores. Comparto con ustedes mi navidad rosa.