Cuando era soltera me tenía que arreglar sola para todo. Y eso estaba muy bien, porque soy una persona independiente.

Nunca necesité ayuda para hacer las compras o cocinar, ni para pagar cuentas, ni para hacer mi carrera universitaria. Tampoco tuve problemas para acostumbrarme a mi nueva casa cuando me fui a vivir sola, ni me costó entender que muchas veces la realidad nos pasa por arriba como un tractor pampeano y hay que intentar salir adelante con paciencia.

Pero el 24 a la noche agradecí la compañía del Chango.

Eran más de 30 personas en la casa de la familia del novio de mi madre. Niños por doquier corrían y prendían pirotecnia. Un tío tomó una bolsa de cohetes mientras sostenía un cigarrillo prendido en la misma mano y tuve miedo. El Chango me consoló: “No va a pasar nada. Vení, corrámonos un poco”, mientras yo me imaginaba a los infantes desmembrados desangrándose en la pantalla de TN.

Una señora muy mayor pidió a gritos que la devolvieran al geriátrico, asustada por el estruendo. Alguien se disfrazó de Papá Noel y los chicos descubrieron quién era. Papá Noel se deprimió porque los chicos crecen. Comimos demasiado y yo me acordé del peso que llevo ganado y decidí que debo solicitar una consulta con un cirujano plástico.

Los gritos seguían y no se podía distinguir quién decía qué. Sólo nos aturdíamos con el barullo interminable y el ruido de los cubiertos que manipulaba esa cantidad enorme de personas, que por otra parte eran encantadoramente navideñas-eufóricas.

Un señor, presumo que ebrio, armó quilombo porque no quería más cañitas. Le contestaron a los gritos, que “no arruinara la fiesta con su carácter de mierda“. Un nene lloró y los demás siguieron petardeando.

Mi mamá me tiró sobre el vestido agua caliente con helado (del bol el que se pone la cuchara para servir). El Chango me ayudó a limpiarme y me dijo que me tranquilizara, que ya casi había pasado todo y que pronto nos iríamos a casa.

Pero era mentira. Aún nos quedaba pasar por lo de mi tío, donde mi abuela aguardaba pacientemente para decirme que cuando era chiquita era una maleducada, que debería hacer algo con mi pelo, que mi ropa era demasiado escotada. Yo empecé a vociferar que bastante bien me portaba en mi infancia teniendo en cuenta la familia de soretes que tenía y pensaba darle unos cuantos ejemplos, pero el Chango me acarició el brazo y me susurró “Dentro de media hora estamos haciendo pingui pingui en la camita, no te pongas tensa, bebé“. Rematé con un chiste inofensivo. Comí pasitas bañadas en chocolate, saludamos y nos retiramos.

Elena:
Dios, menos mal que ya pasó esta noche ¡qué locos están todos! ¿Viste el viejo que tuvo el pico de presión? Lo ví comerse un mantecol entero él solo y bajarlo con un champán.
Chango:
No sé, no vi nada, yo te miraba las tetas.

No llegamos a hacer pingui pingui porque las panzas repletas de grasas e hidratos no nos lo permitieron, pero nos dimos besos, el Chango me hizo masajes en la espalda y yo me dormí satisfecha por haber sobrevivido a la nochebuena y contenta porque puedo apoyarme en alguien cuando me hace falta.  Esa es mi conquista personal de 2008.

El detalle es que a cambio, al día siguiente tuve que ir a lo de mi suegra.