Sin duda la cualidad que más he desarrollado viviendo en pareja es la tolerancia.

Al principio de una relación, cuando acabamos de enamorarnos y estamos pasando por ese momento tan especial en el que de sólo pensar en la otra persona el corazón nos da un vuelco, directamente no vemos defectos ni manías. Sólo nos concentramos en todas las condiciones únicas e irresistibles que el otro reúne.

Pero más adelante estas pequeñas “cositas” van aflorando y nos encontramos con que el muy bestia no se sabe hacer ni un plato de fideos, ronca, no escucha a nadie cuando mira fútbol y desconoce la existencia del detergente y la esponjita o de inventos novedosos como la plancha o el trapo de piso.

Lo cierto es que cuando amamos a alguien aprendemos a tolerar sus aspectos menos ideales, de la misma manera que ellos se callan la boca cuando despilfarramos el sueldo en una cartera o pasamos 45 minutos cuchicheando con una amiga sobre lo atorranta que es una compañera de trabajo.

El Chango, por ejemplo, adquirió la gran capacidad de diferenciar entre varios géneros y colores para poder comprender mi continua necesidad de renovar el vestuario. Además, es el encargado de ordenar la biblioteca y jamás se queja porque yo pongo los libros atravesados horizontalmente en cualquier recoveco. Pacientemente los saca, los acomoda alfabéticamente mientras suspira resignado.

Yo, por mi parte, estoy muy entrenada. Perdono casi todo. Suciedad, huellas de barro, imprudencia financiera, gritos a la mañana porque el señor apagó el despertador entre sueños y ahora es tardísimo, pedazos de sánguche en el sillón, declaraciones de amor eróticas y sin censuras hacia Cristina Kirchner y Susana Gimenez.

Pero hay algo que no aguanto. Algo que me vuelve loca, que prácticamente me causa repulsión y que lamentablemente es un hábito muy arraigado en el Chango:

Sucede que él insiste en dormir con la misma remera que usó para ir a laburar.

Hace ya varios meses que convivo con esta amenaza bacterial, pero ayer no aguanté y se lo dije:

Elena:
Por favor, basta, es un asco, ¿no te podés cambiar la remera?
Chango:
¿Por qué? ¿Qué tiene esta?
Elena:
Es la que usaste todo el día.
Chango:
¿Y?
Elena:
Y que estuviste doce horas en el centro, viajaste en transporte público, sudaste y te venís a acostar con ese trapo roñoso.
Chango:
No te entiendo, es una remera, ni olor tiene…
Elena:
A ver, pensalo así. Si un pervertido se toca en el subte y vos después subís y te agarrás del mismo arito que él, me estás trayendo ADN de otro a mi cama, y lo mismo con la gente que hace caca y no se lava las manos. ¿Vos sabés la cantidad de gente que va al baño y no se lava las manos? ¡Traés caca al lugar donde dormimos!
Chango:
¡Eeeh qué exageraaada! A mí no me molesta, no quiero ensuciar una remera sólo para dormir, además, para que lo sepas no me apoyé en ningún lado, viajé ensardinado y sostenido por la gente que me apretaba para subir y bajar.
Elena:
Bueno, negociemos. De acá para alla es tu lado de la cama y podés llenarlo de gérmenes, e incluso mirá lo que te digo, podés comer. Pero este otro es mi lado. Para pasar para acá te tenés que sacar la remera y venir limpio, porque es mi santuario.
Chango:
Sos una neurótica.
Elena:
Ya sabés: Tu lado, caca de subte; mí lado, perfumito, sólo mis microbios y mi cuerpito dispuesto.

Me encantaría decir que inmediatamente el Chango se sacó la remera y se acercó a hacer cucharita, pero anoche había un vientito fresco y le dio frío, así que seguimos con la barrera de contención biológica. Sin embargo, confío en que eventualmente cederá, y nuestro lecho concubinal volverá a ser lo que era.

Paciencia, paciencia, el amor es así.