Todas las publicidades de productos para lavar la ropa son iguales. Hay un ama de casa abnegada, trabajadora pero feliz, que tiene indefectiblemente un marido o un hijito terribles que ensucian toda la ropa con sus desopilantes aventuras.

Ella, que tiene entre 30 y 35 años, es siempre morocha y lleva el pelo atado en media cola, usa camisas clásicas blancas o celestes y pantalones flojos de gabardina color manteca. Está impecable, no sólo cuando lava la ropa, sino también cuando pasa el trapo de piso con un limpiador de última generación, o cuando refrega los cachos de grasa negra pegados a las hornallas.

Con la ayuda de sus mágicos aliados cuyas marcas top no quiero nombrar, ella mantiene su casa de pisos blancos y amplios ventanales que dan al jardín perfectamente impecable, para que su marido proveedor y su hijito travieso puedan disfrutar de la vida y no deban preocuparse por nada.

Hay algo noble, una superioridad moral que el ama de casa de la publicidad siente cuando se encarga de los quehaceres domésticos. Ella es la reina del hogar y está orgullosa, claro, porque es la que lo mantiene limpio y seguro para sus seres queridos que juegan en el barro y comen paty con ketchup, o se ensucian el piyama cuando toman jugo a la madrugada antes de ir a buscar a su hija adolescente al baile.

Pero no sé quién inventó todo eso, porque mi experiencia personal es algo diferente.

Yo paso el trapo en ojotas de goma de esas que venden en Once y tienen la tira de soga gruesa, mitad azul francia y mitad roja, con un short de fútbol del Chango y una remera que dice “Leche condensada La Lechera” y le regalaron a mi mamá en el súper en los ‘80. Me ato el pelo con una liga que me dieron en el casamiento de una piba que mucho no me aguantaba y avanzo, firme, con un secador que no da más, mientras me despeino y sudo como si estuviera corriendo una maratón.

Mientras hago esto pienso en por qué elegí la vida que llevo, qué fue lo que estaba pensando cuando me enamoré de este piso beige poroso que registra cada pisada, o qué me motivó a hacer ravioles anoche si sabía que la salsa me iba a manchar la cocina como si allí hubiera ocurrido un asesinato sangriento.

Después, cuando uso el limpiador cremoso en la bañadera y cepillo con fuerza arrodillada en cuatro, me imagino lo lindo que sería que una señora buena y dulce, quizás con algunas canas, un vestido floreado y chancletas de toalla, viniera a ayudarme al menos una vez por semana con todo esto. Me odio por haberme decidido por una carrera tan poco redituable.

(¡Vivir de escribir! ajajajaja sí, sí).

Pero lo peor de todo es cuando me toca poner el lavarropas. El canasto está que explota. Mío hay un culotte, la remera que usé para el gimnasio y dos pares de medias. El resto es del Chango. Dos chombitas por día, seis en total, un jean, un pantalón de jogging, la bermudita que usa para hacer deporte, siete pares de medias, dos camisas, unas toallas que usa sólo para los pies y no se cuántos calzoncillos (ni trato de contarlos, ocupan un tercio del lavarropas y los hay de todos los colores).

Empiezo a separar lo clarito de lo oscuro y, entre lo oscuro, lo negro de lo de color. Y ahí empieza el desfile de inmundicias. Todo tipo de comestibles pegados a las prendas, tinta, aceite, pintura (!!), algunos lamparones raros.

Y ahí es cuando trato de ser como el ama de casa de la tele, y pensar, condescendiente “¡aaaay, este chicoooo, es terribleeee!”mientas sonrío con paciencia, comprensiva.

Pero yo no tengo 30, los pantalones manteca me hacen gorda y las camisas no me cierran en la parte de las tetas. Todavía tengo que ir a laburar y este Chango parece que tomó helado de chocolate o se volcó una cindor en la remera. Quiero terminar con esto ya.

Y ahí es cuando evoco todas, todas las publicidades de jabones y limpiadores para la ropa y pienso, pienso… ¿Cómo se sacan todos estos pegotes? ¿Qué es lo que hay que usar? ¿Y no había ningún remedio casero?

No se me ocurre. Me duele la cintura.

Así que lectores, necesito saber cómo se remueven las siguientes manchas:

- Birome de una camisa blanca
- Aceite comestible de una corbata celeste
- Tuco de una remera verde
- Manchita marroncita de una prenda color blanca de algodón, origen desconocido
- Remolacha de un mantel celeste
- Chicle de un buzo gris
- Mostaza de una chomba roja
 
Ya probé con los mierdaproductos con denominación “Oxi” pero me parece que no hacen nada.

Gracias.

(El ganador se lleva un Glade Canasta.)