En mi sueño yo estaba en Las Cañitas o en un barrio de ese carácter, en un centro comercial topísimo en el que se hacía, una vez al año, ese evento.

Ese evento era como una especie de día/noche de misterio, en el que las vidrieras de los locales se teñían de maderas oscuras y vendían artículos diferentes, a veces onda gótica, a veces kinky, a veces bien onderos.

La atmósfera era tenebrosa, porque no se sabía qué podía pasar. Lo único que salvaba a los visitantes de la oscuridad total era la luz de algunas antorchas o velas ubicadas cada cierta distancia. Las escaleras, de  piedra pesada, cambiaban de sitio como en Harry Potter, y lo mismo sucedía con los puentes que unían las dos orillas de una especie de río o foso que había en lugar de un pasillo central.

Había que estar ahí. Era una ocasión imperdible. Yo recorría los locales en los que se vendían prendas para bondage, ropa hippie o de diseñador Palermitano (ellos siempre tienen que estar), accesorios extraños, disfraces y pelucas. Las vendedoras trataban mal a los visitantes, y algunos negocios tenían subsuelos con animales embalsamados como decoración.

De fondo sonaba una música industrial que iba bien a tono con la nieve artificial tipo telaraña que habían colgado de algunas paredes aunque no estabamos en época de fiestas.

Lo que yo necesitaba, comprendí en ese momento, era una peluca rubia para tener sexo con el Chango y ser la más p**a de todas. La iba a combinar con unos shorcitos de charol, seguramente, y unos tacos negros muy altos para que cuando me viera se diera cuenta de que nunca necesitaría otra mujer porque yo podía ser todas.

En ese momento me crucé con una ex compañera del secundario que siempre se caracterizó por ser muy canchera y le pedí ayuda. “Maite, necesito comprarme una peluca rubia”. “Perfecto, vamos”, me contestó adivinando seguramente todas mis aspiraciones a pornstar.

Recorrimos todo el centro comercial esquivando algunos seres malignos, y mientras ella me contaba que estaba harta de su novio, que era como un chico, que quería que madurara, y que de hecho, estaba dando vueltas por los locales tan excitado que le pidió permiso a ella para llamar a su mamá e ir contándole lo que veía.

En eso dimos con el negocio indicado: “Mercería y Pelucas 4 you - De Berazategui a Cañitas”. Había viajado dos horas para comprar algo que vendían a 30 minutos de casa y seguro me cobrarían el doble solo por la zona. Pero no me importaba, yo necesitaba la peluca rubia.

Entramos. El lugar era muy profundo, pero el mostrador estaba colocado bien al frente. Prácticamente no se veía nada. Había telas de arañas que cubrían las cajas con mercadería a la usanza de las viejas lencerías de barrio, que se extendían hacia el fondo en una galería interminable.

Atendían dos señoras coloradas, sin maquillaje, gordas y petisas, de pechos grandes engalanados por los anteojos de aumento que colgaban de esas cadenitas tan amadas por las sexagenarias.

Me trataron mal, pero me ofrecieron dos pelucas. La primera era de pelo muy largo y platinado. Me ecantaba. Me pintaría los labios de rojo y lo seduciría tanto al Chango que pediría siempre más. Me la probé feliz, pero cuando me la colocaba en la cabeza se volvía morocha. Había algo mal, no funcionaba.

Las señoras me dijeron que eso era mi culpa, y que la peluca les iba bien a todas. Que si yo la ponía oscura era un problema mío y un mal augurio.

La segunda peluca era una melena a la altura de los hombros, bastante rala, y también platinada. Del mismo modo que la anterior, ni bien me la puse se tiñó de castaño.

Las señoras me tiraron una tercera en la cara que no era tan platinada sino más bien rubio ceniza, en estilo melenita showgirl y esa me fue bien. Salía 115 pesos, pero pagué sin chistar, mientras observaba cómo del otro lado del mostrador no había piso. Las vendedoras caminaban en el aire.

Me despedí de Maite y caminé esquivando carretas de campesinos y cascotes. El centro comercial ya se
asemejaba a una especie de Venecia antigua, medieval, y el río seguía ahí.

Un señor muy viejo, de barba, vestido con harapos y con la mirada perdida me tomó del brazo y me pidió que lo acompañara a su departamento, que era el 28-A. Sin darme opción comenzó a arrastrarme por una calle lateral en la que no había negocios sino depósitos.  Parecía un loco, y yo no tenía idea de a dónde estábamos yendo.

Le conté sobre mi peluca, le dije que me estaba preparando para una noche de sexo, que quería disfrazarme, ponerme ropa trashy y zapatones para darle una sorpresa al Chango. Llegamos al fondo de la callejuela y el anciano dijo “Este es mi departamento, el 28-A”. Sólo se trataba de una puerta en una pared calamitosa, y cuando la abrió ví que del otro lado no había nada, sólo un hueco. El viejo comenzó a reirse de manera diabólica y se metió adentro de un salto. A medida que cerraba la puerta se veía desaparecer al hueco al tiempo que el 28-A se transformaba en un 4-D. La risa maniática del viejo se apagó en la noche y decidí que era tiempo de volver a casa. No entendía qué le podía ver la gente a un acontecimiento así.

Y ahí me desperté, ¡y ahora no sé si correr a comprarme la peluca y los tacos, consultar con un sexólogo o jugarle al 115, al 28 o al 4!