La revancha es deliciosa, no importa lo que digan los demás. Sobre todo cuando la has esperado con paciencia, aguardando al momento justo para dar el golpe de gracia y dejar a tu enemigo paralizado de la sorpresa y sin otra opción que rendirse.

No encuentro el papel higiénico, ni mi blazer azul francia, ni el desodorante, ni el cargador del celular. La casa reluce, y la yerba no está a la vista, ni el termo de acero, ni tampoco el mate forrado en cuero que compramos en el norte. Tardé más de media hora en encontrar la pava.

Sería una mentirosa si dijera que soy metódica y ordenada. Nada más lejos de la verdad. Toda mi vida luché incansablemente contra mi naturaleza, que es de dejada, desprolija, despelotada.

Durante el tiempo que viví sola intenté contrarrestar mi tendencia al caos, y al cabo de algunos meses ya había establecido un cronograma de vencimientos, cambio de sábanas, supermercado y doblado y guardado de ropa.

Y más o menos me iba arreglando, sin grandes momentos de frenesí limpiador, pero sin olor a pis en el baño. Mis cosas, eso sí, quedaban guardadas en cualquier lado, ya que tenía 3 placares completos a mi entera disposición, aunque nunca perdía nada. Todo seguía un razonamiento sencillo y empapado de sentido común.

Pero todo eso cambió con el Chango. Ahora hay libros, películas, calzoncillos y camisas, papeles, carpetas frascos con arroz o yerba o café en cualquier lado, comida, pares de ojotas y demás objetos que hay que acomodar de vez en cuando para poder ver de qué color era el piso.

Siempre me quejo y hago algún reclamo, pero hace un par de días que no paro. “Estoy harta de que esté todo tirado”, “No entiendo. Si sacás algo ¿por qué mierda no lo volvés a su lugar?”, “¿Qué te dije de los platos chiquitos? ¡No van con los grandes, van siempre al lado de los vasos en la otra alacena! ¿No podés hacer el esfuerzo?”, “Claro, después no sabés dónde buscar las cosas, porque nunca ordenás, así no se puede vivir”, grité enajenada toda la semana, hasta que me fui hoy a la mañana dando un portazo exclamando que mi concubino era un roñoso de porquería y que se fuera a cagar.

Acabo de  volver, los muebles fueron reubicados y no hay un solo elemento a la vista que no sea funcional, como un florero a modo de centro de mesa y una frutera con bananas en la mesada de la cocina. Del resto de mis cosas, ni noticias.

Busco sin parar, pero no entiendo nada. ¿Por qué todas las cosas del mate están en el mismo lugar, si la yerba va con los tés y el azúcar con la harina, en otro estante? ¿Y las latas de jardinera? ¿Y la revista del cable? ¿Por qué no está en el baño, donde tiene que estar?

No tengo idea de dónde fue a parar mi pendrive, y eso es lo que más me preocupa, porque ahí tengo todo. Busco en el lugar de siempre (adentro de un florero azul arriba del televisor, donde también va la pincita de depilar) pero nada, así que tengo que llamar al Chango:

Elena:
O me decís dónde está el pendrive o te tiro las revistas.
Chango:
Eso si sabés dónde las puse.
Elena:
Dónde. Está. Mi pendrive. Decime ya.
Chango:
Cómo no, está donde están las cosasdelectrónica.

(click).

(llamo de nuevo).

Elena:
Creo que SE CORTÓ. Dónde están mis cosas.
Chango:
Está todo ordenado, pero siguiendo MIS criterios. Quiero que vivas lo que es sentirte un tarado por no encontrar nada, simplemente porque alguien totalmente irracional guardó las cosas según un criterio ridículo. El pendrive está donde me parece a mí que tienen que ir las cosasdelectrónica, “ahí, ahí, ¿no lo ves?”. Buena suerte y hasta luego.

(click).

¿Dónde se guardan las cosas de electrónica? Yo las pondría en un cajón de la cocina, pero ahora ahí hay  unos repasadores que en realidad deberían estar con los toallones en el armario del pasillo…

mierda.