Si las peleas son el condimento picante de los vínculos entre personas, las reconciliaciones son el vasito de gaseosa fresca y burbujeante que se hace esperar, pero que cuando llega lo hace en una explosión de emociones igualmente sabrosas.

Tan importante son la una para la otra que cuando discutimos con alguien, nuestra voz interna nos dice si es en serio o si hay posibilidad de arreglar las cosas más adelante.

Como cuando le digo al Chango que lo nuestro se terminó con toda la soltura del mundo porque sé que en 15 minutos me va a venir a dar besito, o cuando le corto el teléfono a mi vieja porque estoy segura de que me va a volver a llamar, aunque solo sea para gritarme que soy una desequilibrada.

Hay mil maneras de hacer las paces. Con una sonrisa, dando besos y abrazos en silencio, pidiendo disculpas, mediante e-mail o sms, cocinando una cena especial o comprando una ropita interior sexy para sorprender, y hasta dejando una notita en la puerta de la heladera.

Pero esta vez no sabía que hacer. Quería volver pero no podía acercarme. Había cerrado la puerta para siempre, y aunque ahora me arrepintiera, el paso ya estaba dado y no había vuelta atrás. Quizás vendrían otros, pero nadie sería como él, eso era seguro. Hasta que sonó el teléfono y esa voz familiar me reconfortó enseguida.

Elena, necesito verte“.

Acepté sin dudar. Acordamos fecha y horario, y cuando llegó el gran día me puse la ropa que mejor me queda, me hice brushing en el flequillo, me perfumé con una de esas fragancias que se podían comprar en los ‘90 y me dirigí hacia lo que esperaba fuera el escenario de una reconciliación de novela.

- Mirá Elena, te llamé porque no estoy de acuerdo con que interrumpas el análisis.
- ¿Por qué?
- Porque no.
- Ok. Hoy quiero hablar sobre por qué me dan un poco de miedo los números impares.

¡Y lo fue! Volví con el terapeuta y me siento más plena que nunca.