Mi suegra tuvo muchos hijos. Cuando le pregunto al Chango si esta situación fue planeada, él siempre contesta “absolutamente, mis papás querían una familia grande”.

Y yo reflexiono un momento sobre lo difícil que sería criar a tantos chicos, preocuparse por cada uno, por sus necesidades, por darles amor, por educarlos, por su salud, e imagino que seguro a ella esto no les parecía para nada complicado, aunque a mí me da bastante terror.

Y por eso no me explico bien por qué en el balcón de casa, además de Félix, ya tenemos una plantita de orégano, una de tomillo, una de menta y una de salvia. (Dios, ¿qué dice esto sobre mi tendencia reproductiva?).

Las compré un par de sábados atrás en la feria, sin detenerme un minuto a pensar que son de riego diario aunque no hay que inundarlas porque les salen hongos, que necesitan luz pero no excesivo calor,  y que si nos vamos de vacaciones alguien va a tener que darnos una mano.

Se las regalé así, sin más, al Chango, que puso una cara de felicidad tan grande que lo único que quería era llenarlo de macetas para que vaya teniendo su mini-jardín balconero, con macecitas de colores y hierbas para todos los gustos.

Hasta ahora, él las viene cuidando con dedicación. Buscó en google información sobre cada una. Les habla todas las mañanas mientras les pone el agüita, y yo siento que nuestra relación se afianza, porque asumimos juntos el compromiso de cuidar algo frágil que nos necesita.

Pero tengo miedo de que cuando me quiera dar cuenta tengamos veinte perros y seis caballos como Nicole Neumann o peor aún… ¡bebitos!

¿Cómo las bautizo? La menta va en maceta chata, ¿no?