Lo mejor de la pareja es el compañerismo. Es sentir que somos dos contra el mundo, un equipo invencible.

Con un compañero es más fácil ir a visitar a tu vieja, ir a casamientos familiares, hacer una dieta estricta, pelear en una reunión de consorcio, renunciar a un trabajo en el que te sentís mal o empezar un curso o una carrera nueva, porque hay alguien que está ahí para darte un empujoncito cuando tus energías se acaban y la voluntad comienza a flaquear.

Pero a veces en un equipo hay fracturas. Uno está más ocupado con cosas que le resultan más interesantes -menos rutinarias- y se corre un poco al costado mientras el otro queda desorientado, sin saber bien qué hacer y obligado a arreglarse solo.

Ayer a la tarde la lluvia hizo desastres en casa. Por la ventana del baño comenzó a filtrarse agua, que entraba a chorros y se extendía por el piso del pasillo sin pausa.

Después de un buen rato de secar con un trapo e intentar sellar la ventana con otro mientras seguía pasando el secador, pedí ayuda. Quizás mi coequipper no había visto lo que estaba pasando.

Elena:
¡Se está inundando el baño!
Chango:
¿Y qué querés que haga?
Elena:
… ¿me alcanzás otro trapo?
Chango:
No sé dónde están. Guarda que va a llegar el agua a la computadora y están todos los cables en el piso.

No dije nada y seguí limpiando. Ni siquiera tenía ganas de discutir, porque me pareció una pérdida de tiempo y el agua seguía entrando a mares. Puse toallones y repasadores para absorber los charcos, cerré todas las puertas y me tiré a mirar la tele.

Sigo sin ganas de sexo.

Creo que me voy a dejar de depilar. ¿Se usa el bigote, alguien sabe?