El amor nos pone tan tarados que solo podemos usar las metáforas más idiotas para describirlo.

Así que yo voy a tomar la de una de mis bandas favoritas de los noventa y sostener que el amor es como una montaña rusa.

Claro. Hay subidas lentas, picos de excitación, bajadas vertiginosas y pozos a partir de los cuales hay que volver a tomar impulso para seguir, siempre hacia adelante.

No estamos pasando por el mejor momento con el Chango, eso se nota. Me doy cuenta porque cuando nos vamos a dormir no nos damos besos por un rato largo antes de apagar la luz, ni hacemos cucharita hasta que él empieza a roncar y yo me tapo la cabeza con la almohada.

Y también se ve en otros detalles, como que no nos llamamos tanto durante el día ni nos hacemos mil preguntas mientras estamos cenando, y yo no me esfuerzo por mimarlo, ni él por darme una mano.

Pero no sé bien cómo encarar el tema. Sé que hay que hablarlo porque el diálogo es lo único que puede alimentar a una pareja en la que el amor no está en duda sino que está amenazado por la vida misma, aunque no tengo mucha idea de qué es lo que debería decirle, o qué pequeñas cosas hacer para que el carrito suba y termine este momento raro.

Siento que la rutina nos pasó por encima y la única palabra que se me viene a la mente es cansancio. Estoy cansada. Cansada de trabajar, cansada de tener obligaciones, cansada de meter cosas a presión en la agenda, cansada de hacer dieta e ir al gimnasio, cansada de la celulitis y las puntas florecidas, cansada de  no tener auto, cansada de no poder sentirme sexy mientras me saco la ropa. Y no es culpa de nadie.

Las cosas tienen que cambiar, pero ¿cómo?

Porque lo cierto es que en algún momento el el paseo se termina, y hay que decidir si nos volvemos a subir, o si mejor cambiamos de juego…