Cuando una pareja toma la decisión de separarse es muy fácil echarse atrás.

Inmediatamente después de haber llegado a la conclusión de que no se puede seguir empiezan las dudas. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy dejando que los problemas de la vida arruinen mi relación? ¿Por qué cuando vamos de vacaciones somos tan felices y acá no nos podemos ni ver? ¿Y si conoce a otra? ¿Deberíamos tratar de nuevo? ¿No tendría que ser el amor lo más importante?

Mientras el chango ponía sus libros en cajas yo me hacía todas esas preguntas. Como siempre, estaba poniendo en tela de juicio la determinación que habíamos tomado juntos  y me había puesto a pensar que quizás no era necesario pasar por esto. ¿Y si nos poníamos las pilas otra vez?

No. Si estábamos en este punto ahora era por algo y había que respetar lo pactado. Era lo mejor. Cortar por lo sano.

En un momento nos abrazamos y él me besó mientras a mí me estallaban lágrimas de los ojos, y creí que él me diría que esto no era una  buena idea, que somos el uno para el otro y que sí, vamos a llegar a viejitos juntos y vamos a tener un patio lleno de alegrías del hogar y perros que se las coman.

Eso no pasó. Él siguió acomodando sus cosas y después cargó el auto sin decir nada. Hasta que no arrancó el motor no caí en la cuenta de lo que de verdad estaba pasando. Me separaba del Chango, que es mi otra mitad, mi compinche, mi camionero hediondo y mi príncipe azul y ahora se estaba yendo a casa de su madre como un exiliado que acepta su destino con resignación.

Cuando me quedé sola lloré y lloré algunas horas hasta que se hizo de noche y la cara me empezó a arder. Me acordé de que no comía desde el día anterior y fui al freezer en busca de alguna de las 20 viandas que tenía preparadas para los tappers del mediodía que ya nadie se iba a llevar al trabajo.

No había nada. Y tampoco había tappers en la alacena, dicho sea de paso.

Como si me hubiera leído la mente -años de comer a la misma hora habían sincronizado nuestros estómagos-, el Chango me envió un SMS:

“Me llevé la comida para no morirme de hambre… y para no extrañarte tanto. Besos gigantes.”

Y me puse a llorar otra vez.