Cuando una se queda sola es inevitable sentirse abandonada. No importa el cariño que nos brinden nuestros amigos o nuestra familia, ni todas las veces que nuestras madres nos llamen para ver cómo estamos y si estamos comiendo bien; la sensación de desamparo es tal que nos come por dentro y nos hunde en un pozo negro del que cuesta mucho salir.

Pero allí donde la gente que queremos no puede llegar, en ese lugar profundo de nuestra psiquis que  intentamos ocultar porque nos suele jugar malas pasadas, ahí es donde tiene que estar nuestro terapeuta, firme y atento porque ese es su trabajo y todos tenemos que hacer bien nuestro trabajo.

Él nos recordará que no hay que sobreexigirse ni sobreexigir a los demás, que la sensación de absoluta soledad es sólo producto de la ruptura reciente y que hay mucha gente que está dispuesta a cuidarnos y a hacernos compañía. No estamos solos, nos dirá, siempre, y nosotros nos sentiremos un poco mejor.

Bueno, esta semana Adrián me dejó plantada.

Llegué al consultorio con lágrimas en los ojos porque había visto un chico con una chomba igual a una que le había regalado al Chango el año pasado y mi profesional de la salud mental no estaba.

En su lugar me abrió la puerta un muchacho muy buenmozo de treintaypico, que me dijo que él estaba esperando hacía media hora y el terapeuta aún no había llegado. Tenía mucho pelo, negro, muy bien cortado, ojos del mismo color y una camisa celeste limpia. El cinturón le combinaba con los zapatos y su nariz era chiquita y recta. Además, me pareció que olía rico.

Me sequé lo que me quedaba de mocos y bajé con él en el ascensor.

Chico pintón:
¿Te atendés con Adrián?
Elena:
Sí.
Chico pintón:
Aaah, ¿y hace mucho? Porque no te había visto antes.
Elena:
Es que cambié el horario, sí, hace 10 meses más o menos…
Chico pintón:
Mirá vos, bueno, no creo que Adrián tarde mucho más, se debe haber demorado pero vamos a hacer así: Yo ahora me voy, porque si me tiene que atender a mí antes que a vos vas a tener que esperar un montón. Prefiero que vos tengas el turno en el horario que te toca y nos vemos la semana que viene. ¿Venís la semana que viene?
Elena:
Sí, claro, tengo turno a esta hora todos los miércoles. Gracias, qué caballero.
Chico pintón:
No, por favor, espero verte entonces, ¡suerte!

Pensé en lo ridículo -y riesgoso- que sería conocer a alguien en el consultorio del terapeuta y me senté en la vereda a esperar, más sola que nunca, a que llegara Adrián a solucionarme la vida.

No llegó.

Mientras caminaba a la parada del colectivo me volví a cruzar con el sujeto de la chomba y extrañé al Chango tanto, tanto… pero esta vez no lloré. Si no estaba Adrián para decírmelo, me lo iba a recordar a mí misma: no estoy sola.

Elena:
¿Compramos helado y miramos A Chorus Line?
Amiga:
Uf, dale que hoy mi jefe me preguntó si yo era distraída o estúpida. ¿Vos cómo estás?
Elena:
Bien. ¿Puede ser que me haya tirado onda un pibe en el consultorio del terapeuta?
Amiga:
Sí. Hay helado de alfajor, ¿sabías?