Tomarse un tiempo es lo mismo que estar separados.

Uno no sabe qué es lo que va a pasar, ni tiene idea de si va a volver a estar con la otra persona o si en ese “recreo” se dará cuenta de que no quiere intentar de nuevo porque ya no siente lo que sentía antes.

No importa que uno crea que es definitivo, o que albergue esperanzas secretas de reencontrarse y de que todo funcione esta vez, porque sencillamente ninguno de nosotros tiene la bola de cristal.

La cuestión es que en ese tiempo uno está solo.

Para poder pensar, para tomar distancia y entender mejor qué es lo que salió mal y decidir si quiere o puede arreglarlo; pero también para comer, para dormir, para ir al cine, para salir a caminar, para ir a un cumpleaños, para escuchar música y mirar televisión, para armar proyectos y… vivir mientras tanto.

Y desde luego, además de solo, uno está disponible, le guste o no.  Esto quiere decir que en cualquier momento se nos puede presentar una situación que nos ponga a prueba.

El otro día en el consultorio de Adrián me encontré con el chico pintón de la otra vez. Esta vez él salía de su sesión y yo estaba entrando tarde, apurada y llena de bolsas de remeritas escotadas que me había comprado por si en algún momento tengo una salida o una fiesta y porque eso es lo que hacen las chicas solas: se compran cosas.

Prácticamente me lo llevé por delante.

Chico pintón:
¡Hola! Recién terminé así que no estás llegando tarde, no te preocupes.
Elena:
¡Hola! ¡Es que tenías mucho de qué hablar porque el otro día te quedaste sin sesión!
Chico pintón:
Pero valió la pena porque así no te fuiste tan tarde a tu casa, además seguro estás más loquita que yo.
Elena:
¡Eeeh, tanto se me nota!
Chico pintón:
Nah, mentira… che… ¿te puedo invitar a tomar un café?

Y ahí me tuve que poner a pensar.

¿Adrián o el chico pintón?