Chango:
Estuve pensando y me parece que es obvio que vos querés volver conmigo. O sea, ¿para qué vas a tomar un café a un bar que queda a 3 cuadras de mi laburo, si ya sabés que voy a estar por ahí!? Lo único que me hace reír es que el pibe tenía cara de nabo. Igual me da celos. ¿Quién es?

Elena:
No es nadie, en realidad.
Chango:
Obvio que es ALGUIEN. ¿De dónde lo sacaste?
Elena:
Hm no te puedo decir porque te vas a reír, mejor hablemos de otras cosas. ¿Cómo estás vos?
Chango:
¡Celoso! ¡Cómo querés que esté? Quiero ir para casa hoy, ya fue suficiente.
Elena:
Te extraño. Nadie es como vos. Sí, mejor vení.
Chango:
Voy ahora, prepará algo rico que tipo 9 estoy por allá.
Elena:
¿Querés comida mexicana?
Chango:
Exacto.

Mentiría si no dijera que me sentí un poco como cuando volvés a casa después de un largo viaje. Prendí las hornallas después de siglos, saqué la tablita de picar, y me puse a hacer una de las cosas que mejor me salen: prepararle la comida al Chango.

Me esmeré. Amasé tortillas, improvisé algunas salsitas y preparé distintos rellenos. Y mientras, pensaba en todo lo que pasó este tiempo.

Sin darme cuenta yo me había convertido en una ama de casa de la peor calaña, es decir de las que odian ser amas de casa. Había dejado de disfrutar de lo importante por darle paso a lo urgente, y había puesto a mi concubino en el lugar del bebé en vez de tomarlo como mi par. Básicamente, no había confiado en su adultez y me había hecho cargo de todo, como cuando en un grupo de trabajo tenés uno que conjuga mal los verbos y en vez de enseñarle le escribís todo vos.

¿Y él? ¿Él se había dado cuenta de todo esto? ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Iba a volver convertido en una especie de Handy Andy superpoderoso? ¿O me diría que sin mis neurosis vive mejor y que ya no me quiere? ¿Podríamos volver a tener el sexo que teníamos al principio o estábamos condenados a décadas de coito
mecánico y programado?

(Uno en la semana, uno el domingo).

Lo único que me quedó claro es que, con todo, él es mi Chango. Y si hubiera sido yo la que lo hubiera encontrado con una chirusa en un bar, seguramente habría entrado en medio de un ataque de histeria para gritarle “¡Desubicado! ¡Te odio!” mientras se me caían los mocos y mi cara se hinchaba como un tomate explotón.

Llegó a las 9 y media, cuando yo estaba terminando de poner la comida en la mesa. Verlo fue… bueno, como cuando volvés a casa después de un largo viaje y finalmente te acostás en tu cama. Estaba muy lindo. Muy. Con el pelo negrísimo alborotado y la barba crecida estilo revolucionario, pero con ropa limpia y la piel tostadita autóctona impecable.

Lo llené de besos y lloré. Él, en cambio, sonreía y me decía que me había extrañado y que estaba muy linda. Por primera vez en muuuuuuucho tiempo, charlamos mientras comíamos.

Elena:
Mirá, Chango, en este tiempo yo estuve muy triste, pero muy relajada… cambié mi rutina, ví gente, salí, disfruté de un montón de cosas que antes no podía porque había que pagar cosas, ir a ver a tu mamá o limpiar y cocinar. Y no quiero volver a eso. Yo te extraño pero al final te terminé odiando porque no tenía espacio para nada. Todo eras vos.

Chango:
Bueno, yo por mi parte estuve intentando hacer más cosas… ayudé en la casa de mi mamá, aprendí a usar el lavarropas y una vez por semana cocino para toda mi familia… pero no quiero volver acá para que estés con cara de orto todo el tiempo y de mal humor.

Elena:
¡No estoy de mal humor!
Chango:
Sí que estás, ponés caras, me hacés sentir un inútil, ya te lo dije mil veces.
Elena:
Y yo me siento una fregona sin vida. No puedo gustarle a nadie así, mucho menos al hombre que vive conmigo. Una mujer que no hace nada no es atractiva, me siento una boluda.
Chango:
Una hinchapelotas te deberías sentir. Te hacés la que puede con todo, pensás que sos la mas grossa pero no sos, date cuenta. Sos normal, como yo. No tenés que ser perfecta.
Elena:
Bueno, cada uno tiene sus cositas…
Chango:
Yo quiero volver, igual, eh. Lo que pasa es que si vuelvo ahora, no sé si va a estar todo bien. O sea, no sé si aprendimos lo que teníamos que aprender. Me da miedo.
Elena:
Es que si esta vez no funciona tengo miedo de que nos terminemos odiando, en eso tenés razón.
Chango:
¿Y qué hacemos?
Elena:
No sé, pensá vos, yo hice la comida. ¡Dividamos las tareas!
Chango:
¿Me das unos días para pensarlo? Lo pienso y te traigo una solución, y vos tenés que confiar en mí.
Elena:
Bueno, pero dame un beso y abrazame, Changote, más adelante vemos el resto.
Chango:
Sólo si me contás de dónde sacaste al chetito ese. ¡Lo voy a matar! Si te tocó lo mato.
Elena:
Te digo si me llevás al cine como cuando éramos noviecitos.
Chango:
Dale, y te manoseo toda entonces, y nos perdemos el final de la película, roarrrrrrr.
Elena:
Me parece bien, total, después la bajamos.
Chango:
No lavemos los platos ahora, después lavo yo, en serio. Vení, dame un beso, culodeoro.

Lo que siguió no puedo reproducirlo acá por pudor, pero tiene que ver con cuando volvés a casa después de un largo viaje, finalmente te acostás en tu cama y está el Chango al lado tuyo.