Cuando hacés dieta por un tiempo prolongado, llega un momento en que sinceramente no recordás qué sabor tiene un bizcochuelo, el único contacto que tenés con un plato de ravioles es cuando mirás las fotos en un patio de comidas, y comenzás a dudar de la verdadera existencia del helado, que se te antoja un mero producto de tus delirios por abstinencia.

Coger con el Chango fue como cuando la nutricionista te da un permiso especial y vas a un tenedor libre o a una tomar el té al hotel Alvear donde hay cincuenta variedades de tortas. El disfrute fue total, sin límites, lleno de calor, respiración agitada y transpiración con perfume sensual.

Después descansé como nunca antes en mi vida, relajada, liviana.

A la mañana siguiente me desperté por culpa de una especie de objeto punzante, extraño y molesto, que se me clavó en el brazo.

Era un pedazo de galleta marinera, que llenaba de migas mis sábanas de percal caríiiiisimas pero que no hacen pelotitas.

Me despabilé por completo y miré a mi lado. El chango comía y miraba la tele como si nunca se hubiera ido.

Chango:
¡Buen día mi merenguito! ¿Querés desayunar?
Elen:
Estás llenando de mig… Esperá. Empiezo de nuevo: ¡Buen día amor! ¡Sí, desayunemos en la cama!
Chango:
Así me gusta.

El Chango se inclinó hacia el piso y levantó una bandeja de esas que son para la cama. Además de las galletas, había medialunas (¿o se dice mediaslunas?), jugo de naranja y dulce de leche. Me sirvió café
de un termo y le puso un sobrecito de edulcorante.

Chango:
Comete una galleta que están buenísimas.
Elena:
Amor, ¿de dónde las sacaste? Decime que son de la panadería…
Chango:
No, de la bolsita que dice “Abuela”. ¿Las hizo ella?
Elena:
… Las hice yo… para mi abuela que me hizo un dobladillo el otro día, se las iba a llevar mañana…
Chango:
Ah, están buenísimas… uh… bueno pero dejé algunas… no me eches de casa otra vez.
Elena:
Todo bien, esta es una nueva relación basada en la mutua tolerancia. Después hacemos más entre los dos, pero me tenés que acompañar a llevarlas.

Chango:
Ufa, tu abuela siempre me dice que estoy gordo.
Elena:
Tolerancia, Changui.

Terminamos de desayunar y dormimos un rato más. Las tazas quedaron tiradas en el piso y las migas me siguieron pinchando el cuerpo, pero no me molestó en lo más mínimo.

Cuando me levanté para ir al baño, ví que los platos de la noche anterior estaban lavados y escurriéndose plácidamente.

El resto ya lo veremos, pensé, y volví a la camuchis.