Para que no me extrañen tanto mientras estoy teniendo sexo desenfrenado todas las noches, les dejo un cuentito que escribí hace un tiempo, sobre el fin de una etapa y el comienzo de otra. (¡Atenti a la ilustración de lujo, cortesía de Razz!)

La muerte de Soltería

¿Cuántas páginas le han dedicado a la soltería los hombres y mujeres posmodernos? ¿Cuántas lágrimas se derraman de noche sobre una almohada más hundida que su compañera impecable? Cuando uno está solo, parece que dedicara cada momento libre a pensar en cuánto odia ser soltero.

Y eso es una injusticia, porque Soltería es una compañera de fierro. Cuando te levantás está ahí, recostada plácidamente en el lado de la cama que no se deshizo. Más tarde, mientras te mirás al espejo para ponerte el corrector de ojeras también se para al lado tuyo, se asegura de que tu baño esté impecable, lleno de productos de belleza y espera, paciente, todo el tiempo que sea necesario hasta que vos estés lista, sin reclamos. Y es la que te sostiene el tacho de basura cuando tirás alguna sobra enmohecida o el cadáver de una empanada de humita que nunca llegaste a consumir.

Al mismo tiempo, Soltería te abre sus brazos, te da permisos ilimitados y te ofrece aventuras. No es egoísta, te comparte. Por ejemplo, te deja volver al día siguiente quebrada, un poco vacía y quizás sintiendo un poco de vergüenza pero con la sensación imborrable de haberte divertido como nunca. Ni bien abrís la puerta de tu monoambiente desordenado la ves ahí, sentada en el borde de la taza del desayuno del día anterior en la que se marcan gotitas de café con leche recontraseco, comprendiéndote en silencio.

Soltería nunca se va a quejar porque no pusiste el lavarropas, ni se va a escandalizar si cenás helado o te encamás con dos tipos distintos en la misma semana. Ni muchísimo menos te va a hacer notar que hace veinte días que no pasás un trapo de piso y encima se te venció el teléfono y te lo cortaron.

Lo cierto es que guardo recuerdos maravillosos de esa época, porque si hay algo que va de la mano de la soltería son los amigos, y cuando digo amigos me refiero a amigos de los divertidos, de los brutos, de los borrachos, de los que al día siguiente siempre tienen que pedir disculpas pero lo hacen con una sonrisa de oreja a oreja. Amigotes, bah.

Y hablando de amigotes, qué tiempos aquellos. Todos vivíamos en las casas de todos, y todos teníamos por lo menos un colchón extra y un sofá cómodo en casa para recibir a los demás. Los domingos hablábamos por teléfono y nos quejábamos de lo solos que estábamos, y comentábamos divertidos los excesos en los que habíamos incurrido la noche anterior.

Ninguno de nosotros era exitoso, pero no importaba porque además de solteros éramos jovencísimos, entonces creíamos que el mundo era nuestro y la pasábamos genial.

Y aún así en la primera de cambio, cada uno fue conociendo a alguien especial –o no, en el caso de Gonza que se enganchó con una tilinga- y fuimos dándole la espalda a Soltería.

A mí me pasó sin darme cuenta. En una fiesta conocí al Chango y pensé que iba a ser uno más del montón. Pero charlamos un rato sobre literatura y concluimos que Raymond Carver era el gran escritor norteamericano, o por lo menos nuestro favorito y no nos importaba la opinión de los demás. Él sonreía y me inundaba el corazón, así que terminamos besándonos e intercambiando celulares, mails, facebook etc. etc.

Pasaron cinco o seis fiestas en las que estaba el Chango. Pasaron películas, revistas regaladas “porque sí”, cafés con tostados, llamados telefónicos hasta la madrugada, que, supongo, Soltería escuchaba atentamente aunque yo le prestara cada vez menos atención, telos y cenas románticas en igual número.

Hasta que llegó la fiesta seis o siete. Sonaba Disco 2000 y nosotros bailábamos. Yo lo hacía pésimamente. El Chango tenía puesta una remera verde y cantaba y movía los brazos frenético, feliz. Más feliz que otras veces, me pareció, y yo también estaba más feliz que otras veces.

A las cuatro y diez de la mañana, el Chango me acarició la cara y pronunció la sentencia de muerte de Soltería.

“Te amo”, me dijo, y ese fue el fin.