En el micro de regreso de Mar del Plata la temperatura es ideal. No hace demasiado frío, ni demasiado calor. Los asientos son mullidos y se reclinan sin dificultad. Sonrío mientras miro al Chango dormir y babear un poco. “Es lindo cuando duerme”, pienso, y le limpio la boca con un beso suave.

¿Atravesamos la encrucijada y podemos por fin seguir juntos?

(Bah, esperá… ¿Yo quiero ESO?)

Cuando estaba en la facultad, cada tanto tenía una crisis y me preguntaba para qué carajo hacía esa carrera. Por lo menos una vez al año pensaba que me había equivocado, que no tenía sentido seguir, que la comunicación no era lo mío.

Entonces, en medio de la confusión y las ganas de largar todo a la mierda, me acordaba de “Noti-Liceo“, el diario que hacíamos con mis compañeros de 5to grado de la primaria.

Nunca me había entusiasmado tanto con algo antes. En esa época vivía buscando noticias escolares, imaginando historias, recopilando recetas de cocina y juegos de ingenio para luego pasar todo con fibra negra a hoja oficio, ilustrar y fotocopiar la publicación, que para mí era una pieza periodística invaluable.

Entonces sentía ese calorcito que te viene cuando tenés la suerte de hacer lo que te gusta y seguía adelante convencida de que estaba en el camino correcto.

Ahora, algunos años después, vuelvo a estar en crisis, pero esta vez no tiene nada que ver con mi carrera: lo que me pasa es que por momentos no me acuerdo bien por qué elegí al Chango.

Hacerme cargo de una casa y de un hombre que cree que los fideos crecen de los árboles y el papel higiénico es como un ave fénix que resurge mágicamente con sus 50 metros gorditos cada vez que se acaba, tener que programar con antelación los días que voy a coger y visitar a mi familia política los domingos para empacharme con ravioles de seso no es exactamente lo que pensé que sería mi vida al acercarme al fin de mis 20.

Claro, en la costa todo fue sobre rieles porque los problemas de la vida diaria no tienen cabida en las vacaciones. Si pasás las horas comiendo helado, haciendo pingui pingui, durmiendo y yendo al cine, no hay manera de pasarla mal.

Pero ahora estamos de vuelta y hay que lavar sábanas y no tengo monedas para ir al laburo mañana, la heladera está vacía y… Dios, el Chango no para de roncar. No para, la gente nos mira con odio y yo creo que de tanta apnea violenta se va a morir asfixiado.

La pausa terminó, y hay que tomar decisiones. ¿Vamos a volver a vivir juntos o a noviar como adolescentes? ¿Vale el amor si la convivencia es un fracaso rotundo?

Hay una mañana de mayo de 2006 que me viene a la mente. Tenía que ir a algún lugar aburrido, creo que al kinesiólogo, y el Chango se había ofrecido a acompañarme.

Tomamos un colectivo que estaba casi vacío, nos sentamos del lado del sol y nos dimos un beso largo y tranquilo. No hablamos por un rato, hasta que él me abrazó y me dijo: “El amor es que un viaje en bondi sea una aventura. Si podés acordarte de hoy y ponerte contenta, es porque estás enamorada”.

Vuelvo al flechabus que ya está estacionando en Retiro y miro al lechonazo, que sigue babeando como un chico.

Creo que estoy contenta.

El calorcito, por lo menos, lo siento.