Traté de esperar al momento justo. Me dispuse a prestar atención a los indicios como quien recopila pruebas para un juicio importante, y tenía planeado hablar cuando todo me llevara a la conclusión unívoca de que Jul conocía bien de cerca el pito del Chango.

Pero si hay algo que ya tendría que haber aprendido sobre mí misma es que si me censuro demasiado y me guardo todo, no solo me vuelvo loca, sino que estallo más adelante de la manera más burda y desprolija, como ya anticiparon algunos lectores.

O sea…

Chango:
¿Hacemos pingui pingui?
Elena:
… sabés, no tengo muchas ganas. ¿Podemos dejarlo para otro día?
Chango:
Daaaleeeee ¿y si te toco un poquito no te ponés loquita?
Elena:
Noooo, salí de encima mío, por favor.
Chango:
Uuuuuh qué onda de mierda que tenés, che, ¿qué te pasa?
Elena:
Nada.
Chango:
Dale, esta vez no hice nada y ya empezaste con la cara de orto. Ves cómo sos, estamos empezando de nuevo y la condición es que vos no tengas cara de orto. Yo estoy cumpliendo con mi parte, pagué la luz y no dije nada de que compraste comida hecha, pero vos seguís con la cara de orto.

Elena:
No me pasa nada, estoy cansada. Voy a lavar los vasos, y además me duele la cabeza.
Chango:
¿De qué estás cansada si no cocinaste ni fuiste al gimnasio?
Elena:
… Laburé 12 horas, te parece poco…
Chango:
Ufff… me hacés este circo del cansancio porque no querés coger y ahora yo soy un pajero que está siempre alzado.

Elena:
Que sos un pajero y estás siempre alzado nadie lo niega, pero no tiene nada que ver con eso, estoy cansada, nada más. No es nada. ¿Podemos hablar de otra cosa?

Chango:
¿Estás en otra etapa conchaseca?
Elena:
Mirá, por lo menos no me cojo a mi mejor amiga.
Chango:
¿Qué?
Elena:
Nada, nada.

No sé para qué reflexiono tanto, si después hago cualquier cosa.

Soy taaan obvia.