Bueno, todo muy lindo pero es hora de afrontar la realidad.

Mi pareja era una mentira. Fui cornuda crónica. De chica copada e interesante pasé a ama de casa en jogging, de actriz porno a frígida y de promesa profesional a fracaso monotributista. En otras palabras, de hacer cola para entrar a un recital indie pasé a hacer cola para retirar dos lamparitas de bajo consumo.

Me enamoré del Chango porque era bueno, simpático, adorable, inocente y cariñoso, torpe e incondicional, pero él ya no es el mismo. En algún momento del camino se volvió cínico, mentiroso, desatento.

Así que además de una infidelidad prolongada, tenemos un problema mucho más grande pero no por eso menos natural: cuando nos conocimos éramos de una manera y con el tiempo nos convertimos en personas diferentes. Lo que nos unía fue desapareciendo conforme nos transformábamos en lo que somos ahora, y en este punto, dudo que recomponer mi relación tenga que ver con perdonar o no un error.

La cuestión es: ¿volveríamos a elegirnos hoy, después de años de rutina, discusiones, inconvenientes domésticos, cansancio, familias políticas, gustos que fueron evolucionando y nuevas obligaciones que crecen día a día?

Ayer llamó y atendí por primera vez en días. Quiere hablar conmigo. Dijo que “me quiere explicar”, y supongo que le debo al menos esa oportunidad, así que dije que sí, aunque va a tener que ser mañana porque hoy me voy al cine con Maxi.

Ah, porque tengo ganas de vivir un poco mientras sufro.