Maxi me pasó a buscar puntual y me saludó con un beso en la comisura de la boca. (¡Olía a menta! Adoro cuando los hombres tienen el detalle atento de comerse un chicle antes de encontrarse con vos).

Prepararse para una cita con alguien nuevo después de años en pareja es una experiencia movilizante. Primero porque ni siquiera sabés bien a qué vas, estás excitada, te preguntás si habrá onda, de qué hablaran, si te dirá que estás linda, si te parecerá irresistible o si tendrás en la cabeza al Chango todo el tiempo.

Pero además porque querés estar perfecta. Cada prenda debe ser elegida a conciencia, teniendo en cuenta detalles como qué tamaño de culo te hace o cuánta teta muestra, que no marque rollo, que el color te quede bien y vaya con los únicos zapatos que tienen menos de tres temporadas que hay en tu placard.

Y ni hablar de la ropa interior. ¿Me pongo algo nuevo? No, porque si me pongo algo nuevo es porque quiero sexo, aunque peor es si se da y tengo puesta la bombacha de ositos que está descosida en un costado.

Finalmente me decidí por un jean oscuro, un sweater escotado, botas con taco, el pelo recogido y los ojos delineados de negro como único maquillaje. No quería que pareciera que me había tirado todo encima.

Él, por su parte, tenía otra polera y un pantalón de corderoy gris que… le marcaba… bueno, basta de detalles. Estábamos en que me subí al auto y me dió un beso en la comisura de la boca.

Maxi:
¡Qué linda que estás!
Elena:
Gracias, en realidad así estoy siempre, pasa que vos me agarrás yendo a terapia.
Maxi:
Claro, claro, Adrián te sensibiliza mucho, me imagino. Bueno, aprovechando que estás tan linda te invito a comer a un restaurant marroquí en vez del cine, ¿qué te parece?

Elena:
Ok, pero no comamos nada con ajo.
Maxi:
¡Pero si es ajo orgánico te deja aliento a rosas!

El lugar estaba buenísimo, y aunque al principio yo estaba un poco incómoda, en seguida me relajé, en parte gracias a las luces bajas y en parte por efecto del vino blanco que aparecía en mi copa continuamente.

Maxi:
¿Querés que nos psicoanalicemos el uno al otro? Mirá que hace años que hago análisis, soy grosso.
Elena:
No, mejor hablemos de otra cosa, con Adrián me alcanza y me sobra.
Maxi:
Bueno… ¿de qué laburás?
Elena:
Soy comunicadora social.
Maxi:
O sea, laburás de cualquier cosa.
Elena:
¡Exaaaaacto! Y a cualquier hora, cualquier día, por cualquier guita, para cualquiera.  ¿Vos qué hacés?
Maxi:
Soy programador.
Elena:
Ah… sos “de sistemas”.
Maxi:
Claro, y los de comunicación me envidian el sueldo y piensan que se equivocaron de carrera aunque ni en pedo habrían elegido otra cosa.

Elena:
¿Cómo sabés?
Maxi:
Es que mi ex era comunicadora social.
Elena:
¿Posta?
Maxi:
Sep. Gente rara.
Elena:
Bueh, mirá quién habla, ustedes se babean por cosas como un disco rígido o un monitor LCD o no sé… y compran hardware en distribuidoras que están en galpones y venden por mercado libre y te hablan por gtalk aunque te tengan al lado.

Maxi:
¡Sí!
Elena:
Y usan linux.

Comimos cous cous y dijimos cualquier cantidad de cosas ingeniosas hasta que llegó el momento de irse porque estaban por cerrar. Fui al baño, y me miré en el espejo. Tenía los cachetes coloradísimos, los ojos brillantes y el pelo como salido de una publicidad de Pantene. Apenas me reconocí, en serio, parecía una top model, mil veces más linda que Jul, por cierto, aunque en ese momento no pensé en Jul. Ni en el Chango, para el caso.

Cuando volví, Maxi había pagado y me esperaba.

Maxi:
No te googleé, ¿sabías?
Elena:
¿Eh?
Maxi:
Que no te googleé, siempre googleo a las chicas con las que salgo pero a vos no te googleé, prefiero que me cuentes vos directamente.

Elena:
… qué lindo detalle… (?)
Maxi:
Aprecialo, me costó.

Es difícil precisar en qué momento decidís que querés que te besen, pero es indudable que en un punto de la noche hacés un click y te inclinás por sí o por no. A partir de entonces, la conversación se torna más boluda y sólo es una juguetona búsqueda del instante indicado o, caso contrario, se convierte en una seguidilla de intentos torpes de cerrar el evento.

Maxi:
Che, yo vivo por acá, ¿querés conocer mi casa?
Elena:
O carecés de sutileza o tenés una casa muy linda.

En vez de contestarme con alguna ocurrencia, me agarró la cara y me dio un beso largo y profundo que duró siglos y me llenó la panza de vértigo.

Y no me acuerdo de nada más. Es todo una mezcla de los espejos del ascensor, su olor, las sábanas, un disco creo que de Damien Rice y ruido a respiración agitada.

Amanecí el martes a la mañana y ví el departamento palermitano de Maxi a la luz del día.  Pilas de libros en el piso, una cámara réflex sobre un escritorio de madera oscura, fotos en blanco y negro engalanando las paredes, mi ropa en el piso y él recién despierto, con el pelo impecable y una sonrisa.

Maxi:
Sos una diosa.
Elena:
Gracias por no roncar.
Maxi:
De nada. Te hago un café.

Llegué tarde al laburo, con la piel resplandeciente y el cuerpo relajado, muy contenta de haber elegido el conjunto de encaje negro con moñitos.

Recién pasado el mediodía quise chequear los mensajes; busqué en la cartera y me dí cuenta de que había dejado el celular en casa hacía dos noches. Me pregunto si querrá decir algo.