En las comedias románticas, el galán siempre tiene algún gesto grandilocuente o al menos muuuuuy cursi para conquistar a su amada luego de un desencuentro.

En “Jamás besada”, por ejemplo, el profesor hace una entrada triunfal al campo de baseball donde lo espera Drew Barrymore y la besa apasionadamente frente a la multitud enardecida, justo cuando ella está a punto de perder las esperanzas.

En “10 cosas que odio de tí”, en cambio, el personaje de Heath Ledger agarra un micrófono y canta a capella “you’re just too good to be truuuue…” en las gradas de la prepa haciendo caso omiso de las decenas de adolescentes populares que lo miran atónitos, y se gana para siempre el corazón de la muchachita rebelde.

Y en “Cuando Harry conoció a Sally“, Harry corre -literalmente, hacen un primer plano de las nike blancas de Harry y todo- a buscar a Sally a la fiesta de fin de año y le escupe nervioso una declaración de amor capaz de hacer llorar a las piedras; mientras que en “Love, actually“, el escritor londinense viaja a Portugal a proponerle matrimonio a la joven que había estado limpiando su casa por meses. Lo hace en perfecto portugués y delante de toda la familia de ella, luego de pasar semanas estudiando el idioma.

La cuestión es que, conmovida por este gesto grandilocuente y/o cursi, la chica termina por darse cuenta de que en verdad ama a ese especímen con todas sus imperfecciones, y el final feliz llega justo a tiempo para reconfortarnos mientras nos terminamos la coca cola y nos arrepentimos de no haber comprado más confites.

El Chango pasó por casa el domingo a la noche, sin avisar, para hacerme notar que el guionista de mi vida no es tan creativo. O sí, no sé.

Chango:
Te traje un regalo.
Elena:
¿En serio? ¿Qué me trajiste?
Chango:
Lo hice yo, espero que te guste.

Lo que depositó en mis manos no era una caja de The Candle Shop con velas de vainilla, ni un libro de fotos de New York muy copado que ví en El Ateneo, ni mucho menos un álbum con nuestras fotos más bonitas o un disco de jazz. Ni siquiera era un paquete de gomitas del Arcor de Corrientes y Uruguay.

No.

El regalo del chango estaba envuelto en una bolsa de coto, que dejaba adivinar que debajo había un frasco de café instantáneo.

Chango:
¿Y? ¡¿Qué te parece?!
Elena:

Chango:
¡¡¡¿No es lo máaas?!!!
Elena:

Chango:
!!!
Elena:
… ¿Chimichurri?
Chango:
¡Seeeh! ¡Chimi! ¿Qué te parece?
Elena:
… odio el chimi… tiene olor.
Chango:
Aaah, pero este chimi es especial, no tiene picante ni ajo, y es para que cuando no tengas ganas de cocinar se lo pongas a la carne o al arroz y listo.
Elena:
…pero está todo aceitoso…
Chango:
No entendiste, es para condimentar. Es porque no quiero que pases tanto tiempo haciendo las cosas de la casa. Con el chimi resolvés la mitad de cualquier comida, y además lo hice yo, no me ayudó mamá, lo hice solo. ¿Lo vas a probar aunque sea?

Elena:
Supongo que querés que haga una carne al horno…
Chango:
¡Nnnnnnop! Compro yo de la parrilla mientras vos te bañás o te ponés crema, te sacás los bigotes y esas cosas. Relajate, Changuito se ocupa.

Elena:
… bueno, dale.
Chango:
Por cierto, qué bien tenés el culo, estás bárbara.

Sigo esperando el gesto.

¿O era este?

Ojo, el chimi estaba bueno…