Cual guerrero implacable que no se rinde ante la adversidad, el Chango volvió a la carga.

Chango:
¿Podemos hablar? Pero en persona.
Elena:
Estoy en cama, me duele la cabeza y estoy llena de mocos, mejor otro día.
Chango:
¿Y si te voy a cuidar y te llevo té Vick?
Elena:
Pero mirá que estoy en la cama, eh, no me voy a levantar, no hay nada de comer. ¿No querés que hablemos otro día? ¿Pasó algo?

Chango:
No, es que tengo ganas de verte.
Elena:
Ok. Traeme caramelos.

Albóndiga llegó afeitado y limpio. Le abrí la puerta en bata y me metí enseguida en la cama.

Elena:
Hacé lo que quieras, si querés mirá un poco de tele, yo me acuesto porque no doy más.
Chango:
Ahí puse el agua a calentar para el té vick. ¿Querés que desenchufe el DVD y lo lleve al cuarto así mirás series en la cama?

Elena:
Uy sí, ¡buenísimo! Qué cagada que no tengo termómetro, me parece que tengo fiebre.
Chango:
¡Chango trajo! No me preguntes cómo me acordé, pero traje.
Elena:
Ok, quién sos y qué hiciste con Albóndiga.
Chango:
Daaale culodeoro, dejame ser tu enfermerito, aunque ya sea un poco tarde. ¿Me dejás?
Elena:
¿Trajiste series?
Chango:
Traje Héroes y una peli.
Elena:
¿Qué peli?
Chango:
Tienes un e-mail.
Elena:
¡¡ Noooo!! ¡¡¡¿Posta trajiste Tienes un e-mail?!!!
Chango:
Claro.
Elena:
¿Y los caramelos?
Chango:
Rocklets, sugus confitados y esos de dientes que te gustan.
Elena:
¡Excelente, dientes! ¿Me alcanzás los pañuelitos? y poné la peli. ¿Me traés agua?

Albóndiga hizo todo lo que le pedí y se sentó en la cama. Mientras mirábamos la película que él detesta y yo adoro como sólo puede adorarse el más terrible guilty pleasure, me agarró la mano y me acarició despacito. Yo lo dejé, no sé bien por qué, supongo que no tengo otra opción más que odiarlo, pero él tiene algo que me impide pensar cuando está cerca. Creo que es su olor, o por ahí toda esa enorme cantidad de pelo negro que le crece como maleza haciendo ondas caprichosas estilo nochero.

Cuando lo veo me cuesta controlar mis emociones. Me pongo pelotuda, no se me ocurre nada astuto para decirle, quiero llorar, insultarlo, gritarle en la cara que es un sorete y que nunca me cuidó; pero también quiero besarlo y que me lleve a pasear y hacer chistes de Seinfeld y comer churros como hacíamos antes. Todo junto. Y sonarme los mocos.

Terminó la película y me quedé dormida con la bata puesta y la bolsa de caramelos sobre la almohada.

Cuando sonó el despertador el viernes a las 7, el Chango dormía abrazado a mí, vestido y sobre las colchas. Abrió los ojos, me sonrió y me dio un beso en el cachete.

Chango:
¡Ja! ¡Dormí con vos!
Elena:
Quiero café.
Chango:
Cómo no, mi reina, ya se lo marcho.

Al final no hablamos nada, no sé qué quería, pero quizás haya ganado esta batalla.