Hay quienes dicen que en materia de sexo las cosas se van dando lentamente, y que la intimidad física es va mejorando conforme vamos conociendo más y mejor el cuerpo de nuestra pareja, sus gustos y sus necesidades.

Del otro lado están los que afirman que todo pasa por la química. La atracción es algo que se da desde el primer momento, y el buen sexo, de ese que podemos ubicar en un top 5 que nos dibuja una sonrisa en la cara, es sencillamente cuestión de piel.

Mi primera vez con el Chango entró en esta última categoría. Los dos vivíamos con nuestras respectivas madres y éramos pobres, por lo que la privacidad y/o el telo quedaban completamente fuera de la ecuación, así que buscamos una noche en que mi vieja no estaría en casa y nos encontramos ahí sin preámbulos. No hicimos de cuenta que miraríamos una peli, ni que tomaríamos un café.

Le abrí la puerta y casi inmediatamente estábamos matándonos a besos. Él tardó 6 o 7 segundos en empezar a manosearme las tetas como loco y desabrocharme el corpiño con la eficiencia de un calentón impaciente.

Sin que nuestas bocas se separaran un segundo nos apretujamos como pudimos en mi cama de una plaza y cogimos toda la noche, como cuando tenías diecisiete años y esas ocho horas se desdibujaban entre polvos y pequeños ratitos de sueño y charlas limadas, risas y ese perfume tan particular, mezcla de rastros de desodorante y emanaciones corporales.

Esa vez, como muchas que vendrían más adelante, los dos acabamos al mismo tiempo y nos miramos sorprendidos, transpirados y enredados en mi colcha, que era de esas verdes con textura setentista y había adornado los dormitorios de varias generaciones.

Y me acuerdo que pensé que ese tipo de encuentros sólo se daban una vez en la vida, con una persona única destinada para nosotros; que esa perfección significaba que algo verdadero estaba empezando y que podía durar toda la vida.

En serio, pensé eso, pero bueno, tampoco tenía tanta experiencia.

De esa noche pasaron ya cuatro años, y en el medio hubo de todo. Vacaciones compartidas, problemas de guita, espantosos tests de embarazo, ravioles en lo de mi suegra, arbolitos de navidad de plástico chino, peleas y reconciliaciones, infidelidades, lunas de miel, deudas al fisco, cenas románticas, maratones de series norteamericanas, chistes cómplices, muertes cerebrales causadas por la rutina, laburos malos, laburos no tan malos, miles de viajes en colectivo al sol y desayunos domingueros.

Después empezó esa agonía que tarda muchos meses en hacerse evidente, y cuando eso sucede en general ya es demasiado tarde, onda cáncer.

Y si bien siempre estuve en contra de esa asunción simplista de que “el sexo es el termómetro de la relación”, me doy cuenta de que no deja de albergar algo de verdad. Si la relacion va sobre rieles, o bien el sexo es muy muy bueno, o bien no es un tema que preocupe demasiado a ninguno de los miembros de la pareja. En cambio, cuando las cosas comienzan a desgastarse fuera del dormitorio, no tardan en aparecer problemas entre las sábanas.

La última vez que compartimos la cama, que ya era un sommier de dos plazas con almohadones de Arredo, lo hicimos sin hablar, cada uno mirando para su lado. Hacía semanas que no nos decíamos buenas noches. Simplemente el Chango miraba la televisión hasta dormirse y comía un pedazo de bizcochuelo o un alfajor, mientras yo me daba vuelta e intentaba conciliar el sueño antes de que empezaran sus ronquidos infames.

Del pingui pingui ni noticias, aunque a esa altura para mí ya era un alivio. El sexo se había convertido en una más de mis obligaciones, y en mi agenda no ocupaba un lugar más importante que, por ejemplo, pasar el trapo de piso o comprar una prepizza para la noche.

Los días que “tocaba” hacerlo eran todos iguales. Me ponía en bolas rápido, él me daba un beso de lengua y esa era la señal. Después venía el pete, el me tocaba un poco la concha, hacía algún comentario malicioso sobre mi poca respuesta, y después me la metía jadeando como un un jabalí gordo y bruto, y yo cumplía mi parte como una esposa eficiente gimiendo como si se acabara el mundo. La cosa duraba, en total, quince minutos. Él se dormía y yo me quedaba intentando recordar esos días en los que la transpiración de sus axilas y el olor de su saliva espesa me calentaban tanto que sentía que iba a explotar, pero no podía.

No había más piel o quizás ya no nos conocíamos más.