Ayer iba caminando por Marcelo T. moqueando, cagada de frío, con múltiples capas de ropa y un gorro coya para que no se me congelaran las orejas cuando me pareció ver a Jul.

Digo “me pareció”, pero es casi imposible confundirla. Jul es alta, y en vez de tetas tiene dos melones que se empecina en dejar a merced de la más cruel fuerza de gravedad, bamboleantes, apenas acariciados por corpiños chiquitos y sin aro. Tiene las piernas gordas y camina con pasos largos. Nunca se abrocha el abrigo ni se peina, aunque no sale de casa sin dos rayas gruesas de delineador negro que, asumo, son su truco para resaltar su mirada felina, de bombachita floja.

Estas mujeres son la pesadilla de todas, porque siempre se mantienen atractivas y accesibles para el sexo opuesto. Son plantas carnívoras que se alimentan de los hombres a los que histeriquean sin pruritos. Tienen sexo con uno distinto cada semana y su estrategia es infalible: son fáciles, se ríen todo el tiempo, entregan el culo, no piden explicaciones, no tienen problemas, nunca están tristes ni ocupadas porque no trabajan y sólo hacen cursos de “arte”, y cuando terminan de coger se ponen las botas y, perfectas, se piden un taxi.

Sí, esa piba “irresistible” era Jul, que venía en dirección opuesta a la mía, llena de bolsas de negocios de ropa y escuchando música (no sé qué banda “se usa” ahora, pero bueno… esa).

Y por supuesto, una nunca está lista para semejante enfrentamiento. ¿Cuáles son las probabilidades? Por más que te imagines una y mil veces la situación y proyectes centenares de escenarios posibles y frases astutas, jamás se te ocurre que, en una ciudad como esta, efectivamente vayas a cruzarte con la amante de tu concubino.

Primero pensé en directamente irme a las manos. Bajarle dos o tres dientes, arrancarle la mitad de las mechas mal teñidas, escupirle la cara, desprenderle un pedazo de nariz con las uñas y llevarme las bolsas de ropa, probablemente al grito de “¡Puta cínica! ¡Te hacías la amiga y te cogías a mi marido!“, o algo así.

Pero después me pareció que las damas deben caracterizarse por su lengua filosa y ser capaces de mantener la distinción, como fríos bloques de hielo que nunca pierden el control, aún en momentos de sumo dramatismo. Sí. Me pararía a saludarla y le diría “¡Jul! ¿Cómo estás? ¿De qué telo venís? Si lo ves al Chango decile que hoy hay milanesas“, o “¡Qué raro verte vestida a esta hora!“, y seguiría mi camino con la frente en alto.

¿Y si mejor la ignoraba? No, sería poco creíble.

Finalmente me decidí a hacer lo más difícil. La saludaría casual, como si ella no fuera más que la amiga moderna del Chango. Un “Holaquétaltodobien” con una sonrisa a medias sería suficiente para demostrar mi superioridad moral y dejarla pensando, si es que sus seis neuronas le alcanzan para hacer siquiera la más mínima autocrítica.

Moriría de bronca al sentirse incapaz de perturbarme, pensé, y se sentiría lo menos.

Pero me cagó, porque ni bien me vió, Jul entró en pánico, cruzó de vereda haciéndose la boluda, miró para el otro lado y aceleró hasta perderse en la esquina como si hubiera visto al mismísimo diablo.

Me quedé un instante parada en la vereda, y sólo atiné a desear que a ella, algún día, le toque estar en mis zapatos.