Cuando empezás a ver a alguien es difícil encontrar el ritmo indicado para que las cosas vayan sobre rieles.

Lo ideal es que ambas personas se vayan enganchando de a poco, o que, si lo hacen enseguida y en medio de un torrente de pasión incontrolable, sea más o menos al mismo tiempo y con la misma intensidad.

Lamentablemente, las cosas no siempre son tan lineales.

Sin caer en la eterna tragedia “uno ama y el otro no”, o “uno se enamoró y o es correspondido”, una relación se complica cuando los momentos compartidos significan cosas diferentes para cada uno.

Maxi quiere que conozca a sus padres y yo no quiero, y como no soy muy buena con la espontaneidad -o por lo menos no con la que tiene que ver con lograr una frase más o menos decente en pocos segundos-, dejé salir la primer barbaridad que se me vino a la mente.

Lo que pasa es que pensé en Estela, en sus cacerolas de guiso sin fondo, sus comentarios sobre mi ropa “poco arreglada”, mi pelo “sin forma” y lo inaceptable del resultado de mi actividad con la plancha en las camisas del Chango.

También enumeré hasta perder la cuenta los domingos “en familia”, las mesas con caballetes llenas de parientes malhablados, el olor a fritanga que se queda siempre impregnado en el sweater, los cumpleañitos de los sobrinos, las navidades en bancarrota… las visitas imprevistas “para ver cómo anda el nene”…

No estoy para jugar a los noviecitos“, le dije.

Ok.”, respondió.

Acto seguido me cortó el teléfono y ya no volvió a atenderme.